jueves, 22 de enero de 2009

DEL CAPITULO 14 DE "TODO FLUYE", DE VASILI GROSSMAN

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... El pueblo gemía al ser testigo de su propia muerte. Todos gemían, no con el pensamiento, no con el alma, sino como las hojas que susurran al viento o la paja que cruje. Y entonces estallé de rabia: ¿por qué gimen tan lastimosamente? Ya no son hombres, y sin embargo emiten aquel grito lastimoso. Hay que tener el corazón de piedra para comer una ración de pan escuchando aquel aullido. A veces me voy al campo con mi ración, aguzo el oído: gimen. Me alejo un poco más, y ahí, ahí parece que no se oye nada; sigo avanzando, y de nuevo los oigo: es el pueblo vecino el que gime. Pero si Dios no existe, ¿quién les escuchará?

Uno del NKVD me dijo un día: "¿Sabes cómo llaman a vuestros pueblos en la región? El cementerio de la escuela rigurosa". Al principio no comprendí aquellas palabras.

¡Y qué buen tiempo hacía! A principios de verano habíamos tenido lluvias, de esas impetuosas y repentinas, que se alternaban con un sol ardiente, por lo que el trigo se alzaba exuberante como una pared; se necesitaba un hacha para cortarlo, y su altura superaba la estatura de un hombre. Cuántos arcos iris vi aquel verano, y tormentas, y lluvias tibias; cíngaras, las llaman.

Durante el invierno todos habían hecho conjeturas: ¿tendremos cosecha? Preguntaban a los ancianos, se ponían ejemplos, todas las esperanzas estaban puestas en el trigo de invierno. Las esperanzas tuvieron su recompensa, pero ya no pudieron segarlo. Entré en una isba: algunos respiraban a duras penas, otros ya no; gente tumbada, algunos sobre las camas, otros sobre la estufa; y la hija del dueño, a la que conocía, estaba tirada en el suelo en una especie de delirio, royendo con los dientes un taburete. Y lo más espantoso es que al oír que yo entraba no se giró sino que gruñó como hacen los perros si te acercas mientras roen huesos.