sábado, 20 de diciembre de 2008

INTERPRETACION DE TRUMAN CAPOTE (I)


...Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso era que sólo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar claqué y hacer dibujos. Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse.

TRUMAN CAPOTE, Prefacio de Música para Camaleones, Barcelona, Anagrama, 2006, pág. 7.
No puedo pasar del Prefacio que Capote escribió para este libro de relatos sin detenerme en cada uno de sus párrafos, porque se trata de una autobiografía artística. En el erudito prólogo de sus editores americanos a Plegarias Atendidas, éstos han intentado convencerme de que Capote edificó una imagen de sí mismo que difería en puntos importantes de la realidad. Especialmente, en relación con el proceso de escritura de aquel título, parece que Capote mintió, o bien que ocultó la verdad... probablemente que no había escrito tanto como decía, que estaba sufriendo un bloqueo y lo disimulaba.

Lo cierto es que, como el propio autor dirá en este mismo Prefacio que me dispongo a comentar, existe una importante diferencia entre lo que es verdadero y lo que es realmente cierto. Yo, al menos, no tengo dudas acerca de que cuanto el autor cuenta aquí, sea o no verdadero, es realmente cierto. Sé que lo es, porque lo parece. Y, en literatura, las cosas son lo que parecen.

Dos cosas me han impactado en el párrafo que transcribo hoy: la primera, que Capote se reconoce como un bicho raro desde la niñez: pertenece a ese género de personas que los demás conceptúan como holgazanes, porque no entienden que aquellas ponen sus cinco sentidos en unas pocas cosas que realmente les gustan, que les producen placer estético. El esteta, que los demás ven como un holgazán, alejado de la vida activa, es el artista, un ser no entregado meramente al deleite estético, sino que ha caído fascinado por el misterio de la producción estética, y necesita sumergirse en ella, poseerla, dominarla y, en un futuro, participar en ella. El artista, contrariamente a lo que se suele pensar, es un ser activo, uno de los más activos que existen, pues nunca descansa, incluso cuando lo parece.

La segunda cosa que me ha impactado está en la frase: "Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse".

Creo que hay poca gente que entienda cómo sufre un artista. Y no hay casi nadie que considere sus sufrimientos dignos de compasión. El artista sufre, no porque tenga un temperamento endeble, no porque sea un ser superficial al que poco importan las cosas serias de la vida, sino porque se ha entregado por entero a una disciplina severísima, que lo exige todo de él, implacablemente. Por eso, el verdadero artista es siempre consciente de su insuficiencia, de su incapacidad, porque ve adónde debería llegar y adónde llega, en realidad. Y sabe que tras el último esfuerzo por superarse le aguarda otro más y, tras éste, otro.

Pero lo que produce tan gran dolor al artista no es el esfuerzo constante al que se ve impelido, sino la consciencia de que nunca alcanzará su meta. La sensación de impotencia, de inalcanzabilidad del ideal de perfección estética que sin embargo anida en la mente, en la imaginación y en el deseo del artista, la clarividencia con que vislumbra su propia insignificancia, hacen del artista un ser torturado por el mismo don que a los demás nos colma de placer.

Ahí está todo, concentrado en un solo párrafo...