viernes, 13 de junio de 2008

MI TRABAJO MATA

Mi despacho es de un blanco deslumbrador. La luz artificial hace que las blancas paredes centelleen. Yo estoy sentado ante mi mesa, tratando de resolver alguna cuestión, no sé cuál. No es fácil salir de él. Hay que hacerlo por una trampilla situada en lo alto de una de las paredes. Siento un cierto agobio por tener que trabajar en este lugar...

De pronto, un ratón se me aproxima. Lo veo de cerca, y no es un ratón: es un precioso lirón careto. Pero me perturba, no sé por qué. No quiero que ande por ahí molestando, así que, mientras se pasea confiado por mi mesa, le doy un papirotazo con tan buena puntería que se lo pongo en las fauces al gato que, respondiendo a mi deseo, ha aparecido en el despacho... el gato se come al lirón careto, y yo respiro satisfecho.

A continuación soy llamado y sacado de mi despacho por la trampilla. Deambulo junto con mi jefe por pasillos, hasta entrar por la puerta de una sala. En esa sala se celebra una reunión conspiratoria. Todos los compañeros a los que tengo señalados por sus malas inclinaciones se hallan ahí reunidos. Por eso mismo me sorprendo de encontrarme allí con mi amiga J., una buena chica que, como yo, se ha visto arrastrada por el mal a la reunión conspiratoria.

Termina la reunión, y se me introduce en un coche, conducido por mi jefe. Yo voy sentado atrás, en la ventanilla de la derecha. El coche va lleno, y el ocupante de delante me está enseñando un revólver largo y plateado que me apunta vagamente. Me fijo bien y veo que va cargado. Lo siento amenazante, pero algo extraño ocurre: del largo cañón del revólver se resbala una bala recubierta de grasa, que queda pegada al cristal de la ventanilla...

Llegamos al muelle deportivo. ¡Ah! ¿no lo sabíais? Pues es que íbamos al muelle deportivo. Yo también me enteré de eso al llegar, y ahí estábamos. Comandados por mi jefe, subimos a un yate. El yate es también de un blanco deslumbrador, como mi despacho. Lo siquiente fue secuestrar a toda la tripulación del yate. No fue difícil y tardamos poco. Pero había que ponerlos a todos a buen recaudo. Descubrimos que en el yate había una especie de aljibe, un tambucho gigante lleno de agua, y ahí los fuimos echando, uno a uno. Luego taparíamos y ya está. Pero conforme los íbamos metiendo en aquel espacio inundado, el agua fue subiendo de nivel. ¡Se ahogarán! grité...

Y me desperté.