jueves, 19 de febrero de 2009

AMELIE NOTHOMB, "GOUTTE À GOUTTE" (3)


Mi cliente de una noche fue un industrial que llevaba sombrero en invierno y en verano. Esa idea me perturbó. Si el bombín absorbía la explosión de un cráneo, ¿cómo asegurarme del éxito de mi misión?

Era necesario lograr que se descubriera. el hombre ya tenía una edad, y debía de tener sus costumbres. Resolví disfrazarme de dama de la mejor sociedad. Teniendo en cuenta mi físico de descargador de muelles, iba a resultar divertido. Afortunadamente, en esta ocasión tenía unos días por delante.

Lo más difícil fue encontrar mi número de zapatos de tacón alto, y luego aprender a deambular de esta guisa. Debía tener el aspecto de una dama que llama la atención: y no cabe duda de que, caminando con semejantes cacharros, se consigue. Un traje de chaqueta entallado logró proporcionarme una silueta. Una peluca y la oscuridad se ocuparían del resto.

Mi cliente retiró su sombrero por espacio de un cuarto de segundo, y apenas lo levantó. Mi gesto fue de una prontitud apabullante.

Sus últimas palabras fueron: "Buenas noches, señora".

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Un asesino es un individuo que se implica todavía más en sus encuentros que el común de los mortales.

¿En la actualidad, qué es una relación humana? (sic) Mortifica por su pobreza. Cuando ves lo que hoy denominamos con el bonito nombre de "encuentro", se te cae el alma a los pies. Conocer a alguien debería constituir un acontecimiento. Debería conmover tanto como cuando, después de cuarenta años de soledad, un ermitaño ve a un anacoreta en el horizonte de su desierto.

La vulgaridad de lo cuantitativo ha culminado su obra: conocer a alguien ya no significa nada. Existen ejemplos paroxísticos: Proust conoce a Joyce en un taxi y, durante esa entrevista única, sólo hablan del precio de la carrera: todo ocurre como si ya nadie creyera en los encuentros, en esa sublime posibilidad de conocer a alguien.

El asesino va más allá que los demás: se arriesga a liquidar a aquel que acaba de conocer. Eso crea un vínculo. Si en aquel taxi Proust hubiera asesinado a Joyce, nos sentiríamos menos decepcionados, pensaríamos que ambos sí se habían conocido.

Es cierto que eso no es suficiente, sobre todo en el caso del asesino a sueldo, que no tiene derecho a saber a quién liquida. Pero algo es algo. De hecho, la citada prohibición es una contradicción en los términos: cuando matas a alguien, lo conoces.

Es una forma de conocimiento bíblico: el que es asesinado se entrega. Uno descubre del otro esa absoluta intimidad: su muerte.

Amélie NOTHOMB, Diario de Golondrina, Barcelona, Anagrama, 2008, págs. 40-41 y 49-50.

¿Narrativa ensayística? ¿Narrativa, o ensayo? Mezcla de ambos géneros, ¿verdad? Parecería que la literatura presente confluye toda en una especie de género total; la novela moderna tiende a ser a cada género literario lo mismo que las grandes superficies son al comercio a pequeña escala. El escritor de novelas actual tiende, en cuanto le dejas, a soltarte un discurso. Yo mismo me reconozco en esta muestra que doy, tomando apoyo en la novelita de la Nothomb.

Soy absolutamente incapaz de juzgar si se trata de un recurso literario lícito o ilícito, si resulta o no abrumador para el lector, o por el contrario viene a satisfacer una necesidad insatisfecha de toda persona medianamente cultivada, desde que dejamos de escuchar los sermones de los curas, los discursos, cada vez más banales, de los políticos, desde que la voz de los "intelectuales" dejó de sonar en el espacio catódico, sepultada por ese alud de inanidad que es la telebasura. Supongo que seguimos necesitando discursos, sermones, arengas. En fin, seguimos necesitando una doctrina que nos permita explicarnos este mundo inexplicable.

Y la Nothomb parece dispuesta a proporcionarnos una. Bueno, quizá no se trate de una doctrina, sino de una protorreligión. Volvamos a creer. ¿En qué? En lo de siempre, por supuesto. La doctrina subyacente vendría a decir lo siguiente: por absurdo que se haya vuelto nuestro mundo, el poder de lo pequeño sigue siendo infinito. Vean si no cómo una simple golondrina muerta redime a un psicópata in statu nascendi como el protagonista de esta novelita de poco más de cien páginas.

Por cierto que no entiendo la mayor parte de las críticas (elogiosas a la par que abstrusas) que, a modo de promoción de la novela, la editorial reproduce en su contraportada: Por ejemplo, un tal Baptiste Liger, que escribe para Lire, compara elogiosamente a la Nothomb con Hitchcock. Si me lo permiten, eso es lo mismo que comparar a Fidias con Velázquez. Si a lo que se refiere el crítico es a la perfección de las tramas, las de Hitchcock eran simplemente mejores. Y ello por una razón obvia: no intentaba, ni siquiera por la retambufa, colarnos una protorreligión. Sólo suspense sin pretensiones, eso es Hitchcock. Nothomb será o no será buena escritora, pero una cosa es indudable: pretende algo.

Pero prepárense a leer esto otro: "El cerebro estalla contra las paredes en una atmósfera de comedia cruel, de guiñol gamberro. Como se dice en lenguaje nothombiano (¡sic!), es el triunfo de la "higiene del asesino", el kitsch morboso, el cine palomitero, las indecencias de los barrios bajos. Estamos de lleno en el "gran grotesco triste"... Amélie Nothomb denuncia el camino hacia la muerte de nuestra sociedad, sus diversiones bárbaras, su cínico desorden, pero, como Alfred Jarry, ríe, inventa, caricaturiza el horror. Y como Voltaire en su Cándido, hace el inventario de todas las miserias de este mundo desde una gran, inmensa carcajada".

Esto lo dice un tal Jacques-Pierre Amette en Le Point. Pues bien, señores: yo no me he reído ni una sola vez leyendo esta obrita. No me ha parecido estar asistiendo a ninguna "comedia triste", a ningún "guiñol gamberro". Tampoco me ha parecido que caricaturice nada, aunque evidentemente, simplifica los mecanismos del horror. Pero eso no es caricaturizarlos. Quizá los banalice, para expresar así que el horror en nuestra sociedad se ha convertido en algo banal, sobre todo porque es algo que vemos en la tele, y la tele es banal por definición.

Tampoco he visto unos "fulgures deliciosamente absurdos" en los diálogos de la novela, al contrario que la elegíaca Anne Berthod que le hace la crítica para L'Express. Los diálogos son buenos, sí, pero yo no llegaría a considerarlos "deliciosos" en ninguna acepción o advocación posible.

Pues bien: a mí la literatura de la Nothomb me va gustando, a pesar de que sus críticas más favorables me parecen de una memez espeluznante, y de que la traducción, sin llegar a horrible, se queda en correcta (propongo, a ver si levanto alguna ampolla, que las traducciones al castellano queden en manos de castellanohablantes, cosa que sospecho no es el traductor Sergi Pàmies; es como si se las encargásemos a portugueses; hablar y escribir muy bien -supongo- en la lenguas hermanas del castellano no es garantía de hacer lo propio en la lengua de Cervantes, tan abandonadita en general hasta que tocamos el chollo de las traducciones...). No sé qué es, pero tiene algo que me convoca, que me apela; creo que es que trata de ser literatura de ahora mismo, creo que intenta reelaborar los viejos tópicos en referencia a la circunstancia presente, y eso proporciona una sensación de continuidad con el pasado que resulta de lo más tranquilizadora en un tiempo en que parece que todo es nuevo, y que carecemos de asideros mentales para hacer frente al mundo, porque los antiguos ya no sirven. Nothomb intenta demostrar que sí sirven, siempre que sean objeto de adecuado aggiornamento.