martes, 26 de agosto de 2008

¡JODER CON LAS OVEJAS!

Luis Ignacio era un pastorcillo de esos de flauta y zurrón. Habría quedado de fábula en un Belén, llevando a hombros una rolliza y apestosa oveja para ofrecérsela al Niño Jesús, o mejor a San José, que a buen seguro sabría dar cuenta del animal.

Pero Luis Ignacio era un pastorcillo de casi cincuenta años y unos ciento veinte kilos de peso. Ya peinaba canas y verle con la flauta en los labios resultaba casi una incongruencia. No era posible explicarse cómo un homo burgerkingensis como él podía correr detrás del rebaño sin rodar por laderas, tropezar con peñascos y resbalar en riachos. El propio Luis Ignacio se maravillaba de su buena suerte. Miraba a sus ovejas queridas y pensaba: "¡qué buena es esta vida conmigo!". Ayudado por su fiel perro pastor, de nombre "Hocicudo" por obvias razones que no es necesario explicar, reunía sus ovejas y su par de carneros y los llevaba al redil. Feliz tras haber cumplido su jornada, se iba al Bar de Pepe, donde le ponían las hamburguesas más grasientas y las cocacolas más interminables del pueblo. Y allí, comiendo hamburguesa tras hamburguesa, y bebiendo cocacola tras cocacola, se quedaba el buen hombre, hasta que un sopor antinatural, una especie de coma hiperglucémico, le obligaba a abandonar el local para irse a su cama a eso de las diez, porque a las cuatro y media de la mañana siguiente debía estar de nuevo en planta para sacar su rebaño a pastar.

Pero a la mañana siguiente se produjo un cambio imprevisto en su rutina. Hocicudo no estaba. Había olisqueado una hembra en celo, la primera que se pasaba en meses por aquella zona, y Luis Ignacio no había tenido la previsión de atar a su perro, pues no recordaba que se acercaba la época en que los machos huyen de sus hogares en pos de su destino biológico. Luis Ignacio no entendía nada de destinos biológicos, pues él se había "quedado para cuidar ovejas", como le decían en tono de guasa sus amigos del Bar de Pepe. Así que se le puede disculpar por haberse olvidado por una vez de las prevenciones mínimas necesarias ante los previsibles desboques instintivos de su perro.

Ese día, por tanto, Luis Ignacio tuvo que llevar él mismo a sus ovejas al prado. Y entonces se dio cuenta. Sin Hocicudo, sus ovejas no daban un solo paso fuera del redil. Su vida feliz de pastor obeso e hiperglucémico estaba sufriendo el mayor revés que imaginar cabía, porque hasta entonces Luis Ignacio siempre había creído que él era el dueño del rebaño. Ahora comprendía que esa prerrogativa sólo correspondía a su díscolo perro, y que él no era más que el titular nominal de unas ovejas que no le hacían ni caso, y que respondían a sus aspavientos de gordo con "beees" de chufla.

No había nada que hacer, así que volvió a cerrar la cancela y se fue al Bar de Pepe, a desayunar. Pepe no le esperaba tan temprano, así que se sorprendió sobremanera al verle entrar atravesando cabizbajo la cortinilla de cuentas de toda la vida, la de los bares de toda la vida que ya no se ve más que en los pueblos muertos de asco del interior del país.

- ¡Pero bueno! ¡Tú, aquí, a estas horas! ¡Y qué mala cara traes!

Luis Ignacio no respondió a este saludo tan inusual, por matinal y por la extrañeza manifestada con él, sino que se dirigió a una de las mesitas, sentándose con dificultad en el taburetito que Pepe, con bastante mala uva, ponía para que los gordos se cayeran al suelo.

- ¡Bueno! ¿Qué va a ser?

Pero hoy Luis Ignacio no estaba de humor para darse atracones.

- Un cortadito, por favor.
- ¿Nada más?
- No.

Pepe sirvió a Luis Ignacio su cortado, que éste se bebió en silencio. Luego pagó y se marchó.

Se dirigió a su casa. No tenía nada mejor que hacer, así que se tendió en su jergón y, como es natural, se quedó dormido.

Y durmiendo, tuvo sueños. En uno de ellos, se acercaba al redil de sus ovejas, y las miraba melancólicamente. De pronto, una de las ovejas, una de las más viejas, grande y carinegra, se le acercó, y antes de que Luis Ignacio pudiera decir pú ni mú, se irguió sobre sus dos patas (traseras), y le habló con voz ovina.

- ¿Y cuaaaándo vaaaas a haceeeer aaaaalgo?

Luis Ignacio se despertó sobresaltado y sudoroso en su jergón. Era casi la hora del almuerzo, pero seguía sin hambre.

Continuará, un día de estos...

martes, 5 de agosto de 2008

LAS "ETAPAS" DE TODA TEORIA

Como saben, toda teoría primero es atacada por absurda; luego es admitida como verdadera, pero calificada de obvia e insignificante; y por último, se la considera tan importante que sus propios detractores pretenden haberla descubierto.


WILLIAM JAMES. Pragmatismo - Un nuevo nombre para viejas formas de pensar. Prólogo, traducción y notas de Ramón del Castillo. Madrid, Alianza, 200, 2007. Págs. 168 - 169.

lunes, 4 de agosto de 2008

ALEXANDER SOLZHENITSIN: IN MEMORIAM


Julio de 1998. Diez años atrás, yo me hallaba en La Coruña. Teniendo en cuenta que vivía, y aún vivo, en Las Palmas de Gran Canaria, mi presencia en la ciudad gallega requiere una explicación.

No estaba de vacaciones. Había viajado allí para defender mi tesis de doctorado, cuyo objeto era la vida y la obra de Karl Nickerson Llewellyn, un renombrado profesor de Derecho estadounidense, experto en Derecho mercantil, estudioso de las costumbres jurídicas de Comanches, Cheyennes y Pueblos, destacado defensor de un movimiento de pensamiento jurídico que se puso de moda en los Estados Unidos en los años veinte y treinta del siglo veinte y que recibió el arrogante nombre de Realismo Jurídico.

Yo había sido profesor de Filosofía del Derecho en la recién creada Universidad de Las Palmas de Gran Canaria entre 1990 y 1997, año en el que no sobreviví a las intrigas que mis compañeros de asignatura en Canarias urdieron contra mí, y no me fue renovado el contrato que me vinculaba a aquella Universidad. Como podréis imaginar, los intrigantes, en su mayoría, con excepción de alguno que ya se ha jubilado, siguen viviendo a costa del erario público y destruyendo las mentes de los alumnos de la Facultades de Derecho de Canarias.

Las intrigas contra mí eran unas intrigas asesinas. No sólo se me quería fuera de la Universidad de Las Palmas, sino que se me quería fuera del circuito de acceso a puestos universitarios en cualquier universidad. Para ello era preciso impedir a toda costa que accediese al título de Doctor. Y por ello mis asesinos procedieron a impugnar mi tesis en Las Palmas, primero, y en La Coruña, después, bajo la falsa acusación de plagio. Esta calumnia tuvo éxito en Las Palmas, pero no prosperó en La Coruña, adonde no llegaba la influencia del Catedrático de Filosofía del Derecho de La Laguna - aunque envió a sus secuaces allí para presionar al Rector, sin éxito. Yo había trasladado mi expediente de Doctorado a la Universidad gallega, huyendo de mis asesinos. Por eso me encontraba allí, en julio de 1998, dominado por un ánimo sombrío, sin trabajo y sin demasiadas esperanzas de regresar a la Universidad, pero decidido a defender con uñas y dientes el trabajo por el que había sido expulsado de la Universidad y que había consumido los últimos cinco años de mi vida: años en los que trabajé para mi tesis, literalmente, de sol a sol, sin vacaciones, sin fines de semana, con un notable sacrificio personal y emocional. Un trabajo que, yo lo sabía, no era ninguna genialidad, pero sí un trabajo serio.

Cuento todo esto porque fue durante mi estancia de un mes en la ciudad de La Coruña cuando compré y leí Archipiélago Gulag, del escritur ruso Alexandr Solzhenitsin. Recuerdo las horas de lectura en mi habitación de la Residencia de Suboficiales del Ejército, y los paseos por el contorno de La Coruña, que comenzaba siempre invariablemente en la Plaza de María Pita y venía a terminar en la Playa de Riazor. Recuerdo que la lectura de Solzhenitsin me consolaba de mis desdichas. Y que me produjo una admiración ilimitada, no ya la calidad de la obra de Solzhenitsin, sino la grandeza de la humanidad de la cual dicha obra era testimonio. Nunca olvidaré que bajo las condiciones más inhumanas, hubo seres humanos que se esforzaron, y consiguieron, conservar su dignidad de seres humanos. Y saber eso es algo que le debo al escritor ruso.

Sirvan pues estas líneas como modesto homenaje a su memoria. Acaba de fallecer. Descanse en paz.

miércoles, 30 de julio de 2008

ADIOS A TATI - VEINTIUN AÑOS (XIII - FINAL)

En realidad, de Tati me había despedido mucho antes. Desde que mi padre nos comunicó que dejábamos Cádiz, en realidad sólo tenía una idea en la cabeza: verla y decírselo. Así que me inventé que tenía que ir a la Facultad, para estar en Jerez e intentar verla y hablar con ella. Sería la última vez.

Ella no se había atrevido a desembarazarse de Tono sino ya entrado el verano. Aún éramos lo bastante críos tanto ella como yo como para dar por interrumpido nuestro proyecto de romance con la vacación. La distancia que separaba Jerez de Cádiz se nos antojaba infranqueable. Así que no supe prácticamente hasta finales de junio que Tati había dejado a Tono. Y, para entonces, yo ya sabía que me marchaba a Canarias. Una noche me encontré con ella y con otros integrantes del grupo de los cafés en la Playa de la Victoria. Entonces ya lo sabía todo, lo suyo y lo mío. Ella estaba muy alegre, gracias al alcohol. Me moría de ganas de llevármela de allí, pero ya había decidido amortizar toda mi vida en Cádiz. Por entonces yo era un petimetre muy serio, y ni se me había pasado por la imaginación tener con Tati un simple rollo para dejarla después. Yo no quería eso, y sí quería cosas muy serias y muy profundas, sin estar muy seguro, supongo, de lo que esas cosas tan serias y tan profundas eran, en realidad. Pero, ¿no ha sido siempre así con los jóvenes? ¿No quieren vivir la vida hasta el fondo, aún sin saber bien en qué diablos consiste vivir?

Así que estuve allí un rato, y luego regresé con mis amigos. Tati estaba demasiado bebida, y demasiado afectada por su ruptura con Tono. Se veía que le había dolido, a pesar de que era evidente que no estaban bien. Pero Tati había querido estar bien con Tono. Fue Tono quien, con su despego y su falta de atención, acabó enajenándose poco a poco el amor de su novia. Más tarde, cuando me despedí de ella, Pepi me dijo que Tati había tenido un verano “loco”: que si había ligado con éste, con aquél otro. Fue dura con ella: la tildó de fulana, y la criticó de esa forma despiadada que en las mujeres es habitual, por dejar a Tono. A mí me supo mal esa falta de solidaridad entre ellas. No es que me hiciera gracia que Tati se hubiera liado con unos cuantos una vez dejó a Tono y en mi ausencia. Por entonces yo era muy nuevo en todo, y las noticias que me daba Pepi me dejaron desconcertado. Pero, sea como fuere, yo estaba enamorado de Tati. Y eso significaba que, si ella se descontrolaba un poco en sus reacciones, era porque no tenía cerca una influencia benéfica como la mía. Pero ya era tarde para pensar todas aquellas cosas, porque ya no iba a tener ocasión de ejercer ninguna influencia sobre Tati, ni benéfica ni maléfica. Me marchaba al día siguiente.

Más que de una despedida, se trataba de una explicación. Pero ni siquiera eso pude hacer bien: no llegó a haber encuentro. Tomé el tren, temblando, pensando que sería la última vez que la vería. Cuando llegué a Jerez, mi corazón se revolvía en mi pecho y amenazaba salirse por mi boca. Estuve en la Facultad, haciendo ni siquiera recuerdo qué cosas, y al cabo de veinte minutos estaba caminando por la calle, bajo un sol tremendo, que me inundaba de calor y hacía centellear el propio suelo, las aceras y el pavimento de la calle. Debatía conmigo mismo. Debía llamarla y quedar con ella. Debía pedirle por favor que se viera conmigo, que era importante. Pero ¿qué iba a creer ella que le iba a decir cuando nos viéramos? Con semejante introducción, probablemente esperaría que me declarase. Pensando ahora en ello, probablemente se habría negado a verme. No se puede llamar a media mañana a una chica en su casa, sabiendo que está en bata, sin ducharse y sin arreglarse, y pretender quedar con ella en veinte minutos, y menos para declararse, y menos aún sabiendo que ella sospecha que es para eso. Lo lógico habría sido que me dijera que no podía, y que si no podíamos vernos en otro momento. Eso me habría matado, lo admito.

Pero yo ni siquiera pensaba en eso. Sólo pensaba en que era horrible llamarla para decirle que quería hablar con ella, verla llegar tan ilusionada, creyendo que por fin le iba a decir que sí salíamos y eso, y luego espetarle así, a lo bestia, que no podía haber nada, que me marchaba a Las Palmas. Me parecía horrible, y de pronto mi imaginación fue asaltada literalmente por el rostro de una Tati descompuesta, hundida por mi anuncio. Yo mismo no lo iba a soportar. Iba a ser una escena de un patetismo insoportable. Me hundí. No podía quedar con ella. Pero no podía marcharme, sin más. Medio cegado por el sol, encontré un bar de gitanillos. Pedí el teléfono público y línea, y la llamé. Estaba. ¡Dios mío! ¡Tati!

- ¿Sí?
- ¡Tati! ¡Soy Víctor!
- ¡Hola, Víctor! ¡Qué tal! – la notaba rara, parecía seria.
- Bien. Mira. Yo te llamo…

Este es el momento en el que suceden las cosas y uno no sabe cómo han sucedido. El caso es que las palabras fueron saliendo de mi boca. Llamaba para despedirme. Me marchaba a Canarias. Mi padre había sido destinado allí. No había probabilidades de que regresara a Cádiz. Ya ni recuerdo cómo nos despedíamos por teléfono en aquella época ¿Qué nos decíamos? ¿”Hasta luego”? ¿”Chao”? “¿Un beso?”. Creo que era “un beso”. Nos despedimos con “un beso”. ¡Que irónico!. Ella tenía la voz ronca por los esfuerzos que estaba haciendo por no sollozar. Yo estaba nerviosísimo. Debí haberlo mandado todo a la mierda, y haberle pedido vernos de todas formas. Pero no tuve valor. Por entonces ni siquiera lo entendí, pero se trataba de la primera de una larga serie de derrotas que la vida había dispuesto para mí a partir de los veinte años. Las alterné con algunos triunfos, pocos, de orden profesional. Pero mi vida a partir de aquel momento se pareció a un buque semihundido. Una parte de él afloraba sobre la superficie de las olas, pero el resto estaba sumergido, y se podía ver que bastaba un golpe fuerte de mar para que se fuese a pique definitivamente.


Es mi último día con Tati. Hemos quedado para dar un paseo por la playa. Los días de este mes de septiembre son plácidos y templados, como los de aquel otro septiembre de 1986, veintiún años atrás. Ella ya me está esperando en el vestíbulo. Va vestida con una camiseta de tiros y unos culottes que dejan claro que no existe ni un centímetro de celulitis en sus caderas. En la cabeza, una gorra blanca de visera, y unas gafas de sol de Roberto Verino. Un extraño pensamiento me asalta en aquella mañana. “Estoy mirando un fantasma. Se conserva en buena forma, pero es una vieja. Como yo. Si se le acerca una joven de veintiún años, el hechizo se romperá y yo quedaré libre”. Me acerco y nos besamos.

- ¿Vamos? – invita ella.
- Vamos – confirmo.

Comenzamos a caminar por la playa. No son más que las diez de la mañana. A esas horas no hay más que desocupados: jubilados, parados, madres que acaban de dejar a los niños en el cole, y algunos chicuelos que se han fugado de clase. Caminamos, y estamos en silencio. La situación me parece absurda. ¿Qué hago yo, yendo a caminar por la playa con una mujer a la que no he visto en veintiún años, a la que en realidad ya no conozco, de tanto como ha cambiado, con la que no he tenido nada que ver en siglos y con la que sigo sintiendo que no tengo nada que ver tras todos esos siglos? Hemos llegado a la muralla de La Cortadura. La miro. Me mira.

- ¡Bueno! – dice ella.
- ¡Bueno! – respondo yo.
- ¡Ha sido tan inesperado!
- ¡Ni que lo digas!
- Me ha gustado mucho volver a verte, Víctor.
- Y a mí volver a verte a ti, Tati.

Nos damos un abrazo. Pero es uno de esos abrazos que se dan las personas que sólo se conocen superficialmente, pero quieren aparentar recíproca confianza. No ha sido ella. No he sido yo. Hemos sido los dos. Me doy cuenta. Podríamos intentar decirnos algo profundo, sentido. Pero ambos comprendemos que no merece la pena. La vida nos separó hace demasiado tiempo. Ahora ya no somos nada el uno para el otro. Nada.

Cuando llegamos al hotel, le deseé buen viaje. Ella me deseo suerte en mi regreso. Ni siquiera nos dimos los teléfonos. Nos despedimos con dos besos, y nos fuimos cada uno a nuestra habitación del hotel.

martes, 29 de julio de 2008

EL FIN DE LAS ILUSIONES - VEINTIUN AÑOS (XII)

Me despido de Tati en el vestíbulo del hotel. Hemos quedado en vernos otra vez mañana. Ella se marcha en dos días, el viernes, así que probablemente será nuestro último encuentro. Entro en el ascensor, y pulso el botón de la planta donde se encuentra mi habitación. La cerveza tomada con el aperitivo y el vino consumido durante la cena me tienen un poco achispado, pero me mantengo lúcido. Suspiro en el interior del ascensor. “¡Vaya!” – exclamo mentalmente, y me aflojo el nudo de la corbata. Ha sido una cena intensa, acompañado de una mujer hermosísima, rememorando juntos nuestra juventud. Me pregunto si realmente reconozco en ella a la chica que conocí con veinte años. No estoy seguro de la respuesta. Físicamente es la misma mujer, con algunas señales de la edad, pero esencialmente la misma. Pero a Tati la experiencia de la vida la ha cambiado. Como a todos. Claro. Como a mí. Yo también he cambiado, y además también físicamente. Mi orgullo de varón se resiente al reconocer que Tati no se ha sentido sexualmente interpelada en ningún momento, que ya no ve en mí al chico que le gustó, veintiún años atrás. Una sensación amarga se apodera de mí. Somos dos viejos amigos que se reencuentran por casualidad, y durante unas horas comparten recuerdos, que ya no son más que eso: recuerdos. No hay nada que revivir, nada que actualizar, no hay cuentas pendientes con el pasado. En realidad, es mejor así, sólo que yo no me doy cuenta. No me habría disgustado lo más mínimo pasar de la cena a los juegos de cama. Estaba hermosísima. Pero ya no cabe duda. Nunca recuperaré lo perdido. No es posible, porque ella ha cambiado: ya no es una chica insegura y necesitada de protección; y no es posible, porque yo he cambiado también: ya no soy el joven impetuoso y pleno de vigor que fui, sino más bien un hombre cansado de luchar, cansado de fracasar, necesitado de consuelo y paz.

Yo no lo sabía, pero mis padres llevaban tiempo organizándolo todo para un traslado. Al parecer, las presiones de mi madre habían dado fruto, y mi padre había movido los hilos necesarios para conseguir un destino en Las Palmas. No sé por qué no lo vi venir. No quise, supongo. Estaba tan aclimatado, tan cómodamente instalado en mi vida gaditana, que simplemente me parecía impensable que mis padres decidiesen sustraerme de allí, llevarme a un lugar extraño para mí, a empezar de cero. Pero mi madre es canaria, y es un hecho comprobado que los canarios acaban tarde o temprano sintiendo una nostalgia de su tierra que supera toda consideración racional acerca de dónde es mejor vivir, de dónde tus hijos pueden tener un futuro más próspero, de dónde es más posible vivir una vida feliz. En efecto: el canario extrañado de su tierra necesita regresar. Regresar y ser extremadamente infeliz, pero infeliz en su isla. Hay algo totalmente atávico en esta forma de proceder, es evidente. Sólo canarios desnaturalizados como yo, que me crié en Santander, superan esa tendencia inexorable a regresar al cubil ancestral, donde manadas de lobos hambrientos te acosarán hasta dejarte exhausto y aterrado, pero feliz de estar en tu casa de nuevo, feliz de reconocer las lomas resecas, los cielos grises, la humedad pegajosa y el aroma dulzón a podredumbre de las basuras en las calles de la ciudad.

Así que la noticia fue un golpe demoledor para mí. No sólo por lo que suponía de renunciar a una vida que me estaba empezando a labrar esforzadamente y que ya estaba dándome satisfacciones, sino también por lo inesperado, por lo irracional de la decisión tomada por mi padre, por lo absurdo que era enviar a sus hijos, de un Cádiz que no era un paraíso de prosperidad precisamente, pero que por lo menos estaba conectado con el resto del país, a una Canarias aislada por miles de kilómetros de mar, que sólo ofrecía (en aquel tiempo) educación y cultura a familias que disponían de dinero para pagarles a sus hijos los estudios en la Universidad de La Laguna o en algunas de las universidades peninsulares, que luego me iba a ofrecer falsas oportunidades de prosperar, pero que finalmente me concedió, casi como un favor, las oposiciones a Fiscalía, teniendo que rogarle a un displicente preparador para que confiara en mi capacidad, en vista de que mi expediente se vino abajo con los problemas que supuso para mí el traslado y la inadaptación a aquel antro al que llamaban centro de extensión de la Facultad de Derecho de la Universidad de la Laguna, nido de profesores en su mayoría corruptos o borrachos, o directamente mochales, otros (pocos) honestos, alguno brillante, que con el tiempo pagó por el pecado de ser mejor que los demás, como siempre ha sido por aquellos pagos.

Lentamente, comencé a comunicar a mis amigos que al final de aquel verano que comenzaba yo me iría. Fue uno de los veranos más felices, y a la vez uno de los más tristes de mi vida. A quien primero se lo dije fue a Julio Astor. Pero él ya estaba viviendo su calvario particular. Su madre había muerto de cáncer de mama años atrás, y ahora su padre padecía un cáncer estomacal que se lo llevaría a la tumba en cuestión de meses. Por entonces yo no lo sabía, pero acabaría viviendo la misma experiencia con mi padre. Recuerdo ir a visitarlo al Hospital de San Rafael, y ver a un hombre que había sido siempre tan cordial conmigo convertido en un basilisco, permanentemente enfadado, intratable. El cáncer estaba hablando por él. El hijo asumía la tragedia familiar con dignidad. Estuvimos mucho tiempo juntos aquel verano, en el que salimos todo el mes de julio y buena parte del de agosto, hasta que tuve que encerrarme para intentar recuperar el Derecho Administrativo, que el cabrón del profesor me la había dejado colgando (la verdad es que yo no entendía ni jota de aquella sarta de sandeces que le oía decir: las normas decían que se podía putear impunemente a la gente, y a eso el profesor lo llamaba velar por los derechos de los administrados; aún tendría mucho que aprender a ese respecto).

Tuve asimismo que renunciar al viaje de paso de ecuador. No sabía cuándo saldríamos para Canarias, pero según mi padre podía ser en cualquier momento. Recuperé el dinero que había ganado, y me lo gasté: 1º) en un equipo estereofónico que mi padre me compró en Ceuta; 2º) en interminables juergas con mis amigos que duraron todo el verano. Salimos de noche, fuimos a todas las ferias de los alrededores: San Fernando, Puerto de Santa María, Chiclana… pasábamos fines de semana completos en chalets de amigos; sacamos, una sola vez, el velerito que tenía la familia de Julio en un chalet semiabandonado que tenían cerca de la Playa de la Barrosa, y nos las arreglamos para hundirlo… en fin, las cosas normales de los mochuelos de veinte años. Todos nos enfrentábamos por primera vez a nuestro destino: Julio Astor, a la próxima orfandad, Ernesto Cantero a su próximo ingreso en la Escuela Naval Militar, que lo convertiría en piloto de la Armada, y yo a mi destino, no tan magnífico ni tan terrible, pero igualmente decisivo, de abandonar Cádiz y marchar a Canarias a enfrentarme a un mundo nuevo, a gente nueva, yo que siempre había sido tan retraído y poco adaptable. Así que para nosotros tres aquel verano suponía el fin de una época de nuestra vida. Y como tres desesperados, ansiosos por apurar nuestros últimos instantes de libertad y de felicidad, nos bebimos aquel verano terrible, el verano en que me separé de Tati y de toda una vida, que se quedó atrás para nunca regresar.

Luego llegó el momento de despedirme de Pepi. Recuerdo que fue una tarde de septiembre, recién estrenado el mes. Yo miraba a mi alrededor y no me podía creer que aquel verano se estuviese terminando. Tampoco me podía creer que Cádiz se despidiese de mí con tanta dulzura, sin prácticamente un solo día de viento de Levante en el mes de septiembre, en contra de lo que es usual. Quedé con ella en la cafetería Miami, uno de nuestros puntos de reunión en Cádiz, en plena Avenida de Andalucía, y se lo solté a bote pronto. Se llevó una impresión muy fuerte, y lo primero que hizo fue ponerme verde por no haberla avisado con tiempo. Y entonces vino un repaso por todo nuestro pasado juntos, por los intentos de Maribel y mis negativas a dejarme seducir, por lo vivido y por lo sentido. Tati también figuró en sus labios, pero no le dedicó buenas palabras. La despedida, que inevitablemente había de producirse, fue muy dura. Habíamos compartido mucho en tres años, y éramos grandes amigos. Prometimos escribirnos, y lo hicimos, de verdad que lo hicimos durante un año o cosa así. Luego la vida se tragó nuestros buenos propósitos.

Yo sabía que me marchaba para siempre. Que ahora haya regresado no significa que entonces estuviera equivocado. Me marchaba de Cádiz, y tenía que encauzar mi vida en otro lugar. Las probabilidades de volver eran remotas, y han hecho falta veintiún años para que se concretaran en algo. Demasiado tarde como para considerarlo un regreso.

lunes, 28 de julio de 2008

EL ANILLO - VEINTIUN AÑOS (XI)

Tati entró en la caseta de Derecho aquella noche de Feria en que yo estaba encargado, junto con varios compañeros, de atender la barra, y todo el escenario de la noche cambió. Las chicas estupendas que me invitaban a finos ya no me fascinaban, ni tampoco la sensación de dominio que te da el dispensar los líquidos que tus clientes desean. Mis ojos vigilaban constantemente los movimientos de la pareja. Hablaban con éste, y con aquélla, y con aquel otro. Finalmente, se acercaron a la barra. Ella me besó, y él me estrechó la mano. Yo hacía de tripas corazón. Me pinté una sonrisa triste en los labios, y hablé con ellos. Me pidieron unos finos, y Tono me invitó a otro. Nunca antes me había sabido tan mal el fino del Puerto de Santa María. Luego se retiraron. Me dijeron que iban a dar una vuelta por las demás casetas de la feria, pero Tati me prometió que volverían más tarde.

La noche pasaba. Las chicas guapas y sonrientes que me invitaban a finos se habían marchado, e iban quedando sólo los borrachos aulladores y pataleantes que quedan al final de todas las fiestas. Dosis extra de paciencia, y cansancio ya en una noche muy movida. Al amanecer cerramos. Justo antes, aparecieron Tati y Tono. Tati se prestó a ayudarnos en las labores de recogida. Había muchas botellas tiradas por ahí, muchos vasos de plástico esparcidos por el suelo que debíamos recoger, y teníamos que hacer un barrido general de la caseta, a fin de que estuviera medianamente presentable para el día siguiente. Finalmente, teníamos que hacer un fregado de bandejas y otros recipientes donde trajimos las viandas consumidas durante la noche. Tati se ofreció a fregar. Estaba ahí, plantada entre nosotros, majestuosa en medio de la tras-caseta. Se sacó su anillo del dedo para que no se le resbalase mientras fregaba, y entonces ocurrió: tenía a Tono delante, pero se dio la vuelta y, dirigiéndose hacia donde yo estaba, me lo puso en el bolsillo de la camisa. “¿Me lo guardas, por favor?” “¡Claro!” Volvió a darse la vuelta, y se encaró con la loza.

Hay momentos en la vida en que ni siquiera numerosos estratos de prejuicio y bisoñez impiden a un hombre en ciernes, como lo era yo en aquel entonces, comprender el significado profundo de un mínimo gesto femenino. Aquel momento fue, sin duda, uno de ellos. Me sentía absurdamente feliz. “¡Tengo su anillo en el bolsillo de mi camisa!” “¡Tengo su anillo en el bolsillo de mi camisa!” Mi mente no cesaba de repetir este pensamiento, y mi corazón se iba llenando de una alegría ridícula. Pensaba que había merecido la pena estar allí aquella noche. No por la diversión. No por la música, las bebidas o las chicas guapas que me guiñaron el ojo, invitándome a beber con ellas. No. Era Tati, el encuentro con Tati y lo que sucedió entre ella y yo, el pequeño mensaje cifrado que sólo comprendimos Tono y yo, lo que había hecho que aquella noche que ya se terminaba fuese especial para mí, y para ella también. Tras la escena del anillo, Tono, demasiado inteligente como para no comprender que sobraba, se eclipsó. Sólo reapareció al final, cuando habíamos cerrado la caseta, y volvió a encaramarse sobre Tati, haciendo un esfuerzo extraordinario de agilidad y flexibilidad para, siendo de menor estatura que ella, alcanzar a rodear su hombro con el brazo. Era evidente que, aún perdiendo la batalla, estaba dispuesto a pelear hasta el final. Ante eso, yo no podía o no sabía que podía hacer, salvo aguantar a pie firme, y seguir esperando, como lo había hecho hasta entonces. Poco antes, Tati se había acercado a mí, y con un gesto íntimo me pidió que le devolviera su anillo. Aquella noche yo había sido el guardián de su tesoro, y me sentía feliz. Ella se sentía también feliz, porque había aceptado serlo, aún teniendo a Tono delante. Le había confirmado simbólicamente que estaba dispuesto. Ella lo entendió, y para ella fue suficiente por aquella noche. Otras habían de venir después. El verano se acercaba. El viaje del paso de ecuador habría de ser nuestro gran momento.

Así lo creía yo. Eso era lo que esperaba. Conseguiría a Tati aquel verano. Con eso, mi vida estaría completa. Yo no tuve una juventud feliz, tampoco desgraciada, simplemente mi familia tuvo siempre que apretarse el cinturón. Nuestro padre nos inculcó a sus hijos una severa ética del trabajo y del esfuerzo, y olvidó, al igual que mi madre, enseñarnos a ser felices en la vida. Tampoco fuimos enseñados a triunfar. Sólo a conseguir defendernos, a “escapar” como siempre decía mi padre metafóricamente. Esta severidad, tan castellana, la había adquirido mi padre a base de soportar penurias en la posguerra, en los cuarenta y en los cincuenta. Entonces aprendió el valor del trabajo duro: la máxima de que quien se esfuerza siempre ve recompensado su sacrificio, la olímpica despreocupación por los privilegios y prebendas ajenas, y la concentración en el propio hacer, en las cosas bien hechas. “¡Cepíllalos, hasta que huelan a ajo!” me decía, cuando a trompetazo limpio, nos ordenaba a mi hermano y a mí coger nuestros zapatos de diario y limpiarlos con cepillo y betún hasta dejarlos como los chorros del oro. Cuando, ocasionalmente en el instituto, yo suspendía alguna asignatura, mi padre, que era tan duro con mis hermanos, en quienes reconocía una potente inteligencia y al mismo tiempo una actitud esquiva hacia el trabajo, a mí, que sabía era el hijo aplicado y estudioso, el hermano mayor ejemplar, sólo me decía: “no te preocupes: trabaja, que el trabajo siempre es reconocido”. La vida me ha enseñado que ésta es una verdad relativa; he conocido numerosos casos en los que los premios llegan sin haber trabajado, y he sido protagonista de episodios de mi vida en los que el trabajo duro no ha servido más que para ser ninguneado, puesto al margen para que los de siempre sigan llevándose todos los laureles. Sea como fuere, durante todos estos años he sido fiel a la máxima de mi padre. He trabajado como un mulo, me he deslomado, y he intentado siempre merecer lo que tengo. Pero ahora soy muy consciente de que el trabajo no siempre se reconoce, lo que no quiere decir que no sea mejor eso que obtener reconocimiento sin haberlo merecido, porque quien disfruta de tal privilegio en realidad se descompone por dentro.

En aquel momento de mi vida, yo sentía que estaba trabajando, y que mi trabajo era reconocido. Y pensaba que a Tati me la tenía que trabajar igual, y así la conseguiría. No contaba con que los acontecimientos que se irían sucediendo a partir de ese momento arrumbarían el precario edificio de mis logros, y arruinarían mis planes amorosos.

miércoles, 23 de julio de 2008

LA HORA DE LA VERDAD - VEINTIUN AÑOS (X)

La cena ha transcurrido con suavidad, sin estridencias del corazón ni de los sentidos. Los platos, correctos; el vino, bueno; los postres, agradables. Ahora Tati y yo nos tomamos un cortado nocturno acompañado de sendos cigarrillos. Ella fuma Marlboro, pero yo le he dado a probar uno de mis Davidoff, con ese ligero aroma a tabaco turco que le da un punto fuerte al suave sabor del tabaco de virginia. Lo enciende, y lo paladea. Le gusta. Lo noto. Me habla:

- Entonces ¿tu vida en Canarias ha sido horrible? Yo siempre había creído que vivir en Canarias era como vivir en un pequeño paraíso: ya sabes, sol todo el año, playa, vida tranquila… en fin, las cosas que echamos de menos aquí en la Península, con estos inviernos tan duros y todo el ajetreo del trabajo y los negocios, y los problemas y las huelgas y los atentados de la E.T.A...
- Las cosas no son tan diferentes en Canarias: para empezar, lo del buen tiempo es un mito. Si estás en Maspalomas, o en el Sur de Tenerife, no te digo que no haya muchas veces buen tiempo en invierno, pero sobre todo hace mal tiempo: nuboso, con viento, a veces lluvias torrenciales… de verdad que se pone muy desagradable. Es verdad que no hace frío, pero yo el frío es que lo echo de menos, ¿sabes? No te puedes pasar medio año sudando la gota gorda, con la piel pringosa y sensación de sofoco. ¡Qué quieres que te diga! Las Palmas es como cualquier otra ciudad del país, pero con calor achicharrante y humedad la mitad del año, y viento fuerte y húmedo, apto para cogerte una pulmonía, la otra mitad. Además, te nacen alergias que antes no tenías o no sabías que tuvieras. No es sano, ¿sabes? En lo demás, la vida allí no es tan diferente. Tenemos los mismos problemas que en Sevilla, o en Bilbao: los mismos atascos de tráfico, los mismos servicios públicos defectuosos, las mismas listas de espera en Sanidad (bueno, mayores, en realidad), en fin… para qué seguir…
- Pero tu vida…
- Mi vida fue un desastre, Tati. Pero de eso la mayor parte de culpa la he tenido yo. Tenía que haber esperado a centrarme para tomar ciertas decisiones, especialmente la de casarme.
- Pero no debes culparte. La mayoría de nosotros hemos hecho tonterías en la vida. Mira: yo, sin ir más lejos…
- ¿Tú? ¿qué?
- Yo confundí el amor con la seguridad. Toda mi vida lo hice, ¿sabes?
- ¡Ah! ¿De veras?
- De veras. Es lo que me pasó con Tono. ¿Te acuerdas de Tono?
- Desde luego.
- Y también es lo que me pasó con mi ex, y después de mi ex, con otros hombres que he conocido.
- ¿Y qué te pasó conmigo?
- Lo mismo.
- ¡Ah!
- Sí.
- Entiendo.
- Me alegro de que entiendas. No es que no me apenara tu marcha. Fue un golpe tremendo. Pero con el tiempo he comprendido que fue lo mejor para ti.
- No lo fue.
- ¿Cómo que no lo fue?
- No lo fue. Yo estaba enamorado de ti. ¿No lo sabías?
- ¡Cualquiera lo diría! ¡Parecías mucho más interesado en tus cosas en la Facultad que en mí!
- Pero sí lo estaba. Te lo juro.
- Recuerdo aquel día en que te pedí por favor que te quedaras conmigo, y no te quedaste…
- Tenía que ir a la práctica de civil.
- ¿Serás tonto? ¿No te dabas cuenta de que quería que te quedaras conmigo? ¿No entiendes lo que habría sucedido si te hubieses quedado?
- ¿Quieres decir que…?
- ¡Pues claro! ¡Qué zoquete! A veces me pregunto si no será verdad eso que dicen de vosotros los hombres, sobre dónde tenéis el cerebro…
- Pero en este caso, yo lo tenía en la cabeza, no en la entrepierna. Las prácticas de civil eran muy importantes para mí. Si de verdad estabas dispuesta aquella mañana a quedarte conmigo, podrías haberme pedido que volviera más tarde, ¿no crees?
- Más tarde era imposible. Venían mi madre de trabajar y mi hermana del instituto. Tenía que ser entonces.
- Pero entonces tú tampoco estabas sola. Estábamos todos en tu casa.
- Pero habría tenido más libertad para llevarte a mi dormitorio y hablar contigo. En fin… Y luego eso de marcharte para siempre y sin avisar. Me destrozaste, Víctor.
- ¡Que yo te avisé!
- Nada de eso. Pero bueno, a lo que iba... En realidad, fue para tu bien. Yo no sabía lo que era el amor. Lo confundía con la seguridad. Tú me dabas seguridad: te hacías cargo de mis miedos, de mis angustias, y querías guiarme. A tu lado yo sentía que no tenía que esforzarme para vivir. Me bastaba seguirte. Me habría convertido en un lastre para ti. Te vino bien marcharte. Y yo debí haber aprovechado la oportunidad para reflexionar sobre mi vida, pero era demasiado chiquilla para hacer eso.
- Pero lo que no entiendes es que yo necesitaba ese lastre, aunque sólo fuera para tener que desprenderme luego de él, y aprender algo que aún no sabía. Lo mismo que no sabías tú. Estábamos llamados a estar juntos, tú y yo, por nuestra ignorancia común de lo que era el amor. Teníamos que estar juntos y desengañarnos, para avanzar.
- No te entiendo.
- Mira, después de marcharme de Cádiz, tardé casi seis años en empezar a salir con alguien. Yo no sabía que me iba a resultar tan duro adaptarme a Canarias y a su gente, pero lo fue. Muchísimo. No les entendía. Y no me refiero a cuando hablaban. No seguía sus procesos mentales. Fue un choque tremendo. Yo les inspiraba desconfianza: un peninsular que decía las cosas abiertamente, sin circunloquios, les asustaba a muchos, casi a todos. Y lo de las mujeres, empecé a entenderlo sólo con el tiempo, pero con mucho tiempo. Para mí fue mucho más demoledor que para ti, porque supuso un corte de toda mi experiencia: se interrumpió el proceso interior por el cual lo que me sucedía adquiría sentido, porque de pronto comenzaron a sucederme cosas no sólo completamente distintas sino totalmente contradictorias con las que me habían sucedido hasta entonces. Pasé de ser alguien importante en mi clase, a ser un marginado; de ser popular y tener amigos, a no tener ni uno y ser casi un apestado social; de pasar por inteligente a sentirme un estúpido ante la astucia de los canarios; de sentirme gracioso y ocurrente, a que nadie me riera una gracia y me pusieran cara de que les había ofendido, no sabía yo en qué. Y todo esto sin haber cambiado yo ni un átomo de mi manera de ser. En cuanto a las chicas, sólo se me pegaban chicas con problemas. A algunas no las quería aguantar, a otras procuraba aliviarlas un poco. Las que me gustaban de verdad tenían todas novios que parecían eternos e indestructibles, aunque luego sucedió eso de que algunas parejas indiscutibles nunca sobrevivieron a la Universidad, otras sí, pero al segundo hijo vino la separación, y hay mujeres de las que me enamoré como un bobo y me desdeñaron, para mi bien, y ahora son solteronas amargadas, destruidas por su propio odio. Pues bien, tras seis años sin conocer a nadie con quien tuviera una mínima posibilidad de algo, estaba tan desesperado que me junté con la primera que se me puso a tiro. Y, como resultó que era la hija del Presidente del Tribunal Superior de Justicia y que era muy guapa, pensé que era una gran elección. Pero era una mujer con problemas, lo mismo que todas las otras que se me habían pegado, sólo que ésta era más hábil que las demás a la hora de ocultarlos. Sólo llegué a verlos cuando ya estábamos casados, y ella sabía o creía que ya no tenía escapatoria…
- Siempre hay escapatoria. Aunque sea tirarse por un balcón, pero siempre se puede salir de donde ellos te quieren encerrar. Yo era la mujer con problemas. En cierta medida, nunca he dejado de serlo. Ya sabes lo que me marcó la muerte de mi padre. Me ha costado mucho comenzar a superarla. Aún no lo he hecho. He destrozado muchos corazones masculinos en el proceso. Juan Alberto, mi ex, estaba realmente enamorado de mí. Bueno, sigue estándolo. Acepta que no viva con él, pero sólo porque me ama de tal modo que no puede negarme nada de lo que le pida. Pero yo sé que nunca le amaré, nunca de verdad, nunca como él se merece. No puedo amar a nadie, Víctor. Sólo sé vampirizar a los hombres con los que me junto. Después de Juan Alberto ha habido unos cuantos. Algunos eran meras aventuras sexuales, no te lo negaré. Pero con otros intenté que hubiera eso… ya sabes: las mariposas en el estómago, la ilusión y todo eso. No me sale. Inmediatamente me clavo a su carótida, y comienzo a chupar, hasta dejarlos exhaustos. Me cuelgo psicológicamente de ellos, hasta que acaban reventados y me piden por lo que más quiera que los deje respirar. Entonces me voy, porque sé que a él ya no le puedo sacar nada más, y yo no puedo dar nada, ¿entiendes? Debo vivir sola. Es lo mejor para todos, tanto para los que me quieren como para los que no me quieren, pero podrían. No soy una buena compañía, Víctor.

¿Cuándo ha pasado la conversación del pasado al presente? ¿Qué demonios ha sucedido?