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viernes, 2 de abril de 2010

La desintegración del hombre

Dostoievski no es facil de leer. Es casi demasiado intenso. No lo es, sino que casi lo es. Quien se quiera internar en las obras mayores del autor moscovita tiene que hacerse cargo de que cada una de ellas es una asfixiante inmersión en el torbellino moral y psicológico de sus personajes, torturados y torturadores a la vez, entre sí y de sí al lector. Al menos yo salgo de cada lectura de una obra este genio fatigado, exhausto, y consciente de que aún no le comprendo, de que todavía no he penetrado hasta el fondo en la complejidad de sus intrigas, de que no he sacado todo el jugo de su prosa lujuriosa y avasalladora.

Leer a Dostoievski resulta necesario a quien quiera realmente llegar a hacerse cargo de la desintegración del hombre, o quizá de un modelo antropológico que está en plena transformación, la cual sin duda el genio ruso conoció o como mínimo anticipó.

En las obras de Dostoievski el hombre se enfrenta a sus límites: a los de su cordura, a los de su valor y su temple, a los de sus convicciones, o a la conciencia de la falta de ellas. El drama personal no es el centro del relato, sino la excusa para hablar de otras cosas. ¿De qué cosas? De las cosas que sus torrencialmente locuaces personajes tratan en extenso, mientras sus vidas tortuosas circulan de desastre en desastre, pasando por fugaces momentos de dicha. Y estas cosas de que hablan los personajes de las obras de Dostoeivski son, básicamente: ¿qué es el hombre? ¿por qué, pero sobre todo para qué sufre? ¿cuál es la función del mal y del bien en nuestra vida? Los sentimientos, la felicidad o la desgracia, y los acontecimientos, en sí nimios, insignificantes, no son más que la vereda por la que discurre el eterno diálogo, el debate, la discusión o el monólogo de los personajes. Este discurso es el verdadero protagonista de las obras mayores de Dostoievski. Y por eso es agotador. Porque, cuando Rodion Raskolnikov monologa sobre Napoleón en Crimen y Castigo, o cuando Arcadio Makarovich conferencia con su padre natural Versilov en El Adolescente, o cuando Piotr Stepanovich habla y habla y habla sobre ideas avanzadas en Los Endemoniados, la densidad de su pensamiento-sentimiento se traslada íntegra al lector, que no puede abstraerse de los problemas planteados ni considerarlos como avatares de una vida ajena a la suya, sino que se siente directamente interpelado por el personaje respectivo, obligado a adoptar posición respecto de la cuestión discutida, y además obligado a adoptarla personalmente. Por eso, en las novelas de Dostoievski, el lector es un personaje más, sobre el cual el autor nada dice.

lunes, 4 de enero de 2010

No escribir

No escribir es más difícil que escribir. Para lo último basta sentarse en una silla ante una mesa, con un ordenador, un cuaderno o un folio delante, y empezar. Lo primero hay que decidirlo, tras haberlo sopesado, o al menos tras haberse escuchado y saber que, ese día, en ese momento, sería mejor no escribir.

Yo tengo horas, y días, e incluso semanas, meses y temporadas en los que siento esa vocecita que me dice: "Déjalo". Quizá es la voz de mi baja autoestima, pero me gusta pensar que dentro de mi cabeza hay algo más, una especie de sabio instinto que me avisa, como los animales olfatean el peligro.

Escribir es siempre peligroso. Uno tiende a poner en el texto más de lo que querría, más de lo conveniente. Hay ocasiones en que escribir es, no ya peligroso, sino claramente nocivo. Es cuando tras el acto queda un texto que nunca te habrías dignado leer. La capacidad para reconocer que estás a punto de escribir una boñiga es el ochenta y cinco por ciento del talento de un escritor. Yo creo poseer no más de un veinticinco por ciento de ese talento.

Hay amigos que se atreven a aconsejarle a uno cosas que les parecen oportunas o necesarias. Un consejo que ya me han dado unas cuantas veces es ese que dice que sin viajar no se puede ser un buen escritor. Quienes me aconsejan de este modo usan como argumentos fuertes la afición viajera de tantos escritores. Yo siempre pienso que dicha afición no tiene nada que ver con el talento literario. Al fin y al cabo, ¿cuánta gente viaja? Y, ¿acaso son todos escritores, y no digamos de talento?

Lo que yo pienso es que para escribir bien sólo hay que hacer una cosa: escribir. Pero no siempre, no en esos días, o semanas, o meses en los que sabes que lo único que puede salir de tu pluma es un texto que nunca te dignarías leer.

Y estoy hablando sólo de escribir bien. Para escribir genialmente has de ser un genio. Pero esa es otra historia...

sábado, 19 de diciembre de 2009

TODO MARLOWE

Como decía al principio, no sé con precisión cuándo empezaron a cocinar los detectives, ni cuándo decidieron apuntarse al cuerpo de policía con todas las consecuencias (el Méndez de González Ledesma es una excepción, un policía atípico en todos los sentidos, tan extremadamente distinto del resto como los policías corruptos de Ellroy), pero percibo en todo ello una decadencia del hombre duro que lamento. Tal vez se debe a que ya no hay sitio para el individuo y que el mecanismo de la ley hace imposible que un tipo solo y solitario tenga la menor influencia sobre ninguna zona, por pequeña que sea, de la realidad.


Me encuentro con este párrafo al final del artículo que Horacio Vázquez Rial dedica a la última recopilación publicada por RBA de las novelas de Raymond Chandler. Una opinión pesimista, influida sin duda por la tonalidad gris-marrón de la vida que vivimos, tanto en lo público como en lo privado (vida política lamentable, vida económica catastrófica, vida personal convertida en uso-consumo de mercancías y personas), en la que parece imposible, o por lo menos muy poco probable, encontrarse con hombres y mujeres "de verdad" (y no me estoy refiriendo a los hombres y mujeres "virtuales" que nos asomamos a internet, pero en esto hay mucho de aquello también).

¿Será la novela negra clásica americana una elegía al "hombre", al "héroe" con el que el siglo XX parece haber acabado para siempre (y mientras escribo esto me vienen a la mente los protagonistas de "Banderas de Nuestros Padres", de Clint Eastwood)?

martes, 15 de diciembre de 2009

Salvo Montalbano: un Ulises de andar por Sicilia

A Salvo Montalbano, el detective, personaje de las novelas de Andrea Camilleri (ya me da miedo decir que es famoso: siempre descubro que el personal ni se cosca de qué hablo a veces) le tengo más visto que leído. Y es que la RAI lleva años filmando las historias de este Ulises siciliano. De modo que, cuando pienso en él, ya no puedo evitar asociarlo con la maciza figura y la cabeza rapada, un tanto musoliniana (pero sólo me refiero al aspecto de la testa) de Luca Zingaretti, el gran actor italiano que da vida ante las cámaras al personaje novelesco. He leído algunos relatos de Camilleri, porque es una vergüenza no probar la letra si te gustó la música. Hay ingenio, intensidad, conocimiento del medio (jajaja, ¡dios mío! ¡la LOE hace estragos incluso en mí!) y algo que me parece importante, porque está en la ética (real) del italiano, y sospecho que también del hispano: un sentimiento de fatalidad, de inevitabilidad del destino, que hace que este hombre duro, honesto, profundamente desconfiado ante sus superiores y todo cuanto huela siquiera vagamente a política, marxista arrepentido o quizá enfriado, y que a menudo se las arregla para usar la ley, los políticos, los mafiosos, y todo cuanto tiene a mano para, si la justicia oficial no es posible, por lo menos lograr una justicia divina o poética, o la justicia del hombre bueno, a quien no le importa que el mundo se alíe en su contra, porque él hará que lo que ha de ser, sea.... digo, que hace que este Ulises siciliano, postmoderno, de testa pelada al cero, zapatos de diseño, vestido de Adolfo Dominguez (o algo así, que yo de trapitos no entiendo...), pero que en el fondo de su ser es un hijo de campesino, un hombre del pueblo, un amante de la riquísima cocina popular italiana, un hijo de la Italia que se desmorona política y moralmente mientras vive del milagro, de su industria norteña y de su historia maravillosa, fascinante, enloquecedora y admirable, de su atracción perenne, de su encanto irresistible... ¡¡digo, y nunca acabo de decirlo!! que este hombre, que podría ser un triunfador si fuera menos honesto y más egoista, y que es un triunfador de todos modos porque tiene el ingenio de Ulises, y también su desgracia: la desgracia de amar un mundo donde no está su amada (que vive en Génova)... digo, que este hombre que lo tiene todo para ser lo que quiera, ha decidido enfrentarse con eso que sabemos que es el fatum, siendo consciente de que éste siempre vencerá sobre el hombre.

En las historias de Montalbano, la estructura profunda del país siciliano se muestra en mujeres severas y al mismo tiempo sensualmente vestidas, como clones de Silvana Mangano o, mejor aún, en el caso de algunas, de Sofía Loren, de comendatores ridículos pero peligrosos, de mafiosos de la vieja escuela, tigres sin colmillos que desean conocer a Montalbano, porque ven en él al equivalente en la policía de lo que en ellos sería un uomo di respeto, de simpáticos viejecillos y de ancianas a las que se diría que Montalbano podría haber amado, de tener su edad. Pero, sobre todo, se muestra en la forma de crímenes, y más crímenes. Crímenes pasionales, un tanto al estilo de las Crónicas Italianas de Stendhal, muy a menudo marcados por el trágico final del suicidio del culpable (lo cual es digno de realce: en las culturas primitivas, en las que la organización política no se había desarrollado hasta el punto de poder contar con una fuerza de orden estable y unas instituciones judiciales profesionales, el derecho penal incluía la figura del autocastigo como forma de expiación y redención del culpable). Y, siempre, los jefes superiores y los políticos, retratados como odres hinchados, monstruos de hipocresía y deshonestidad, envidiosos e incompetentes, viciosos, vinculados (los políticos) a la mafia.

Montalbano es la encarnación del hombre de acción que decía que era Spade en el cuerpo/alma de un italiano que vive en el caos mediterráneo. Es más culto que Spade. También es un hombre mejor que Spade. Es un buen hombre, o al menos quiere serlo. Necesita serlo, porque cuando un país está más próximo al caos que al orden, los hombres buenos se hacen imprescindibles, mientras que en el caso contrario, puedes permitirte el lujo de no serlo. Nada importante depende de ello.

Y, más o menos, eso es Montalbano para mí: un hombre bueno que intenta seguir a flote y hacer lo que debe en medio de la vorágine.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Un hombre llamado Sam Spade

Sam Spade es Estados Unidos. Quizá el mejor Estados Unidos que ha habido jamás. Yo creo que Estados Unidos llegó a su apogeo en el primer tercio del siglo XX, cuando la gran emigración europea estaba aún fresca, los nuevos territorios eran aún casi nuevos, y el país entero estaba en construcción. Creo que el ideal de la nueva Atenas, la repristinación de la civilización europea, sin sus vicios, que estuvo en el origen de la unión de las trece colonias, y que fue manifestándose de múltiples maneras a medida que la primitiva Unión crecía territorialmente, si hubo algún momento en que fue posible realizarlo, ese momento fue, precisamente, el primer tercio del siglo XX. Fue la inmensa potencia de un país riquísimo, fundado sobre bases no nuevas, pero sí renovadas y depuradas, lo que hizo posible que Estados Unidos pasara de un aislacionismo voluntario, y por otro lado necesario (sus gentes estaban absortas en el proceso de su constitución como nación) a la hegemonía mundial que todavía ostenta. Sin embargo, las guerras mundiales, la Primera, pero sobre todo la Segunda, lo cambiaron todo. El ideal primitivo dejó de ser posible en el momento mismo en que Roosevelt anunció el New Deal. O quizá en el momento en que Wilson anunció su doctrina sobre la guerra que pondría fin a todas las guerras. Algo cambió en el momento en que Estados Unidos abandonó su existencia tranquila y solitaria y se lanzó de cabeza al torbellino de la política internacional.

Sam Spade es un hombre que está viviendo el New Deal. Aún es un hombre inocente. No se dejen engañar por su cinismo y por la falicidad con la que se envuelve en historias sórdidas. Sam Spade es un idealista. Aún cree en esa cosa tan ingenua de que, combinando inteligencia, serenidad, ingenio, experiencia, y disposición a la acción, todo lo mejor es posible.

Sam Spade es detective. Se gana la vida "resolviendo problemas". ¿Hay algo más ingenuo? Cree en ello con tal vocación que, a menudo, se deja envolver en los líos que le han encargado aclarar. Es un hombre consciente de su debilidad, pero también de su fuerza. Por eso confía en sí mismo. ¿No hay pureza en esto?

Sam Spade es un hombre puro. Es un puro hombre de acción. Un hombre de acción no es el que irreflexivamente alza los puños ante cualquier amenaza, sino quien, ante ella, se pone a trabajar con todas las potencias de su ser aguzadas hasta el punto de ruptura. ¿Y no ha sido eso Estados Unidos durante este período de hegemonía, para muchos interminable?

Sam Spade no se cree bueno. De hecho, no lo es. Lo sabe, y no lo disimula. Quiere las mismas cosas que los demás. No está dominado por ningún impulso noble: no anhela el conocimiento, ni añora el bien, no se enfada porque el mundo esté dominado por la injusticia y la crueldad. Simplemente, lo acepta tal y como es, y juega con las cartas que le han tocado. Es capaz de matar, si es necesario. Pero no lo desea. Simplemente está dispuesto a todo.

¿Puede amar? Desde luego. Pero no se hace ilusiones respecto al amor. Conoce a las mujeres. Sabe de qué pasta están hechas. Y sabe que amar no es siempre lo mejor. He dicho que Spade es un ingenuo, no que sea un romántico.

Si yo quisiera escribir una novela negra, no podría elegir a un trasunto de Sam Spade como protagonista. Es demasiado americano para ser creíble como detective en España.

Me estoy acordando ahora de que lo más parecido que he visto a Sam Spade en el cine español es a Alfredo Landa en "el Crack". La escena inicial de la película, en la que ese pequeñajo con bigote que se está comiendo una cena en un restaurante de carretera que perfectamente podría ser la escena de una "road movie" reduce a dos atracadores (uno de ellos Cervino, el otro no recuerdo ahora qué actor era) casi sin despeinarse, con una combinación de ingenio y fuerza absolutamente insuperable, podría haberla protagonizado perfectamente un Bogart dirigido por John Huston.

Pero ¿alguien por aquí ha visto o por lo menos sabe lo que es "El Crack"?

QUIEN ES JULES MAIGRET

No se trata aquí de dar los datos de la biografía novelada del célebre inspector. Eso ya lo hace Wikipedia...

Pero sí se trata de decir quién es Maigret para mí. Y aquí es donde debo detenerme.

Maigret es un hombre sin pasiones. Mejor dicho: es un hombre con pasiones minúsculas: el tabaco de pipa, los cortos de vino de la tierra, y los guisos de su mujer. Por minúsculas que sean, son pasiones capaces de nublarle a uno el juicio y la vista. Pero también son pasiones que dejan su alma en franquía para dedicarse a su pasión principal.

Porque Maigret no es un policía. Sí, ya lo sé: es comisario de la Policía Judicial con sede en el Quai des Orfebres de París. Es un comisario importante y famoso. Ha salido muchas veces en los periódicos. La gente por la calle y sus colegas, la mayoría, lo miran con respeto. Ha hecho muchas detenciones importantes en casos muy difíciles. Y, sin embargo, Maigret no es un policía. No es que no sea un policía en primer lugar. Es que no lo es en absoluto. Hasta tal punto no lo es que, en ocasiones, le importa mucho menos averiguar quién es el culpable que llegar a comprender cabalmente las vidas de los sospechosos a quienes investiga.

Maigret es un espectador: es alguien que ama ante todo situarse al margen de la vida que sucede, pero sin perderla ni un minuto de vista. Es un antropólogo y un psicólogo. Se parece al novelista en que desea comprender la naturaleza humana, aunque no se ha propuesto nunca escribir sobre ella. Y quiere comprenderla por compasión, es decir: com - pasión: porque quiere sentir lo mismo que su prójimo. Maigret ama a su prójimo, y en este sentido es profundamente cristiano. Las novelas de Maigret nos enseñan algo que la literatura no suele enseñarnos: que las vidas de los más humildes tienen el mismo valor que las de los más grandes. Y la demostración de este teorema se produce al mostrarnos el enorme poder sugestivo de las tragedias de los pequeños.

Leí por primera vez las novelas de Maigret con dieciséis años. Me queda de entonces un regusto a novela policíaca con tintes sociales. Ahora he reemprendido una lectura extensiva de este monumento literario, y tengo una muy otra impresión: a pesar de que, por la época en que están ambientadas (entre principios y mediados del siglo XX) a veces resultan un tanto anacrónicas, las novelas de Maigret constituyen un soberbio tratado sobre la naturaleza humana. En este sentido, para mí, Maigret es un maestro del que lo aprendo todo una y otra vez. Y Simenon, su creador, es un pequeño dios.

martes, 28 de julio de 2009

MUSICA DE PALABRAS

- ¡Te voy a matar de un tiro! -gritó Will.
- Calla, calla - dijo su madre.

El padre levantó la mano y dijo:

- Escuchad.

Entonces su casa se vio arrastrada al mismo corazón de la tormenta.

Josie quedó quieta como un animal y pensó aterrada en el futuro..., el día claro en que correría por el campo llevando los tallos de vara de oro cogidos apresuradamente y las cálidas flores arrancadas como obsequio para alguien. El futuro era ella misma llevando regalos, la temporada de los regalos. ¿Cuándo llegaría el día en que el viento amainaría y se sentarían en silencio en el borde de la fuente, una vez acabados los juegos, y los niños cascarían las nueces con el tacón de sus zapatos? Si pudieran recuperar el tiempo, ella no perdería nada de lo que le fuera dado y guardaría las nueces como una ardilla.

Por primera vez en su vida pensó: ¿Puede que no se repitan las mismas maravillas? ¿Era cada maravilla única y original como una estrella fugaz y cuando caía se enterraba fuera donde se la buscaba? ¿Debería albergar la esperanza de ver nevar dos veces, y a la profesora correr de nuevo a abrir la ventana, extender su capa negra para cogerla al caer y luego ir de arriba abajo por el aula a toda prisa para enseñarles los copos?


Definitivamente, las mujeres escriben de otro modo. No voy a decir la mentecatez que algunos quizá esperen. Simplemente diré que hay, o había, mujeres, que miraban el mundo a su alrededor como mujeres que eran, y como mujeres que eran lo plasmaban en el papel, y si hay algún hombre lo bastante valiente como para atraverse a mirar el mundo a través del cristal de color de la obra literaria de una mujer como la que ha escrito el párrafo con el que comienzo este artículo, ese hombre sabrá entonces que es verdad que las cosas pueden ser diferentes de como un hombre las ve.


Josie no se habría regocijado más si en lugar de sonidos hubieran salido flores de la corneta. Estaba embargada de placer. Los sonidos que tan trémulamente brotaban con el esfuerzo de los labios le resultaban dulces y agradables. Entre ella y la corneta alzada no había ninguna barrera; sólo el aire rancio y expectante del viejo refugio de la tienda. La cornetista era hermosa. Allí estaba, el resplandor flamígero que de algún modo era irreal, venida de muy lejos, y parecía que la antigüedad del mundo la envolviera. Vestía toda de blanco, matizado de azul, como una reina, y permanecía erguida, mirando hacia arriba, como el mascarón de proa de un barco vikingo. Mientras la canción continuaba, Josie advirtió la lenta aparición de una fina vena en su mejilla. Cuando la cornetista alcanzó la nota alta, sus párpados cerrados parecieron vibrar y al mismo tiempo permanecer inmóviles, como las alas de un colibrí. Respiraba de forma asombrosa, y cada vez que tomaba aire se levantaba en su pecho un pequeño medallón. Josie escuchaba con creciente atención, cada vez más intrigada, como si la interpretación la llevara en una dirección; como si le estuviera enseñando un destino. No muy lejos de allí, con cara de exaltación, estaba Cornella, también escuchando, pero se encontraba sola. Alertada por algo, Josie se volvió y buscó con la mirada a sus padres, pero estaban al fondo, entre la gente; ellos no la vieron. No estaban escuchando. La habían dejado libre, y al volverse otra vez hacia la cornetista, que estaba paralizada bajo su instrumento, se inclinó despacio hacia delante y cerró las manos sobre las rodillas*.

Un segundo. Esto es lo que da de si un segundo en manos de una maga de las palabras, de una compositora de música de palabras.


*Fragmentos tomados del cuento titulado "Los vientos", incluido en el imprescindible volumen de Cuentos Completos de la escritora norteamericana Eudora Welty, editados por Lumen.

lunes, 29 de diciembre de 2008

INTERPRETACION DE TRUMAN CAPOTE (VI)


Una novela corta, Desayuno en Tiffany's, concluyó el segundo ciclo en 1958. Durante los diez años anteriores, experimenté en casi todos los campos de la literatura tratando de dominar un repertorio de fórmulas y de alcanzar un virtuosismo técnico tan firme y flexible como la red de un pescador. Desde luego, fracasé en algunos de los campos explorados, pero es cierto que se aprende más de un fracaso que de un triunfo. Sé que aprendí, y más tarde pude aplicar los nuevos conocimientos con gran provecho. En cualquier caso, durante aquella década de investigación escribí colecciones de relatos breves (Un árbol de noche, Un recuerdo navideño), ensayos y descripciones (Color local, Observaciones, la obra contenida en Los perros ladran), comedias (El arpa de hierba, Una casa de flores), guiones cinematográficos (La burla del diablo, Suspense), y gran cantidad de reportajes objetivos, la mayor parte para The New Yorker.

En realidad, desde el punto de vista de mis destino creativo, la obra más interesante que produje durante toda esa segunda fase apareció primero en The New Yorker, en una serie de artículos y, a continuación, en un libro titulado Se oyen las musas. Trataba del primer intercambio cultural entre la URSS y los EE.UU.; un recorrido por Rusia llevado a cabo en 1955 por una compañía de negros norteamericanos que representaba Porgy and Bess. Concebí toda la aventura como una breve "novela real" cómica: la primera.

Unos años antes, Lillian Ross había publicado Picture, crónica del rodaje de una película, La roja estrella del valor, con sus cortes rápidos, sus saltos hacia adelante y hacia atrás, el libro también tenía una estructura cinematográfica y, al leerlo, me pregunté qué habría pasado si la autora hubiese prescindido de su rígida disciplina lineal al reflejar los hechos de modo estricto y hubiera manejado los elementos del relato como si fuesen novelescos: ¿habría mejorado o empobrecido la obra? Decidí que, si se presentaba el tema apropiado, me gustaría intentarlo: Porgy and Bess y Rusia en lo más crudo del invierno parecía el tema adecuado.

Se oyen las musas recibió excelentes críticas; incluso fuentes por lo general poco amistosas hacia mí se inclinaron a alabarlo. Sin embargo, no llamó especialmente la atención y las ventas fueron moderadas. Con todo, aquel libro fue un acontecimiento importante para mí: mientras lo escribía, me di cuenta de que podía haber encontrado justamente una solución para lo que siempre había sido mi mayor problema creativo.
TRUMAN CAPOTE, Prefacio de Música para Camaleones, Barcelona, Anagrama, 2006, págs. 9-10.

Repasemos: según sus propias palabras, Capote pasa por dos ciclos formativos. El primero de ellos, consagrado a aprender a escribir, sin más. Primero cuentos, luego novela. Está buscando dominar el arte de la narrativa. El segundo, según leemos en la transcripción que incluyo en este post, está encaminado a diversificarse como escritor, a trascender la narrativa que él conoce y de la que aprendió. Para ello, explora otros terrenos. No nos engañemos. No dice que haya escrito poesía. No ha probado suertes con el teatro. Sigue encajado firmemente dentro de los cauces de la narración, ya literaria, ya periodística.

Pero está buscando algo nuevo ¿o no es tan nuevo, en realidad? ¿Acaso la literaturización de la vida real no está presente en la historia de la literatura universal desde siempre? ¿Acaso no son eso los Comentarios a la Guerra de las Galias, o la Anábasis de Jenofonte? ¿No es cierto que, si miramos con calma, encontraremos ejemplos abundantes, al menos en la literatura memorialística? Pero Capote no trata de escribir memorias, sino de hacer periodismo literario de la mayor calidad. ¿Y no es eso lo que hicieron entre nosotros escritores de la talla de Julio Camba, Ramón Gómez de la Serna o Mariano José de Larra?

Seguramente Capote protestaría frente a este grosero intento de encasillamiento de una parte de su obra en los moldes de lo existente. El sostuvo siempre que estaba explorando un territorio nuevo, no literatura de ficción, no periodismo literario, sino lo que él denominaba como "literatura de no ficción". Obsérvese cómo el propio nombre que elige para referirse al modo de escribir que ya aparece en Se oyen las Musas y que tendrá su expresión más acabada en A Sangre Fría es deliberadamente vagaroso, impreciso, refractario a todo intento de clasificación. Al menos, él creía estar haciendo algo totalmente nuevo. ¿Lo estaba haciendo? Pero, por otra parte ¿importaría mucho que no fuera así?

sábado, 27 de diciembre de 2008

INTERPRETACION DE TRUMAN CAPOTE (V)


Foto de un juvenil y provocativo Capote en la sobrecubierta de Other Voices, Other Rooms
A los diecisiete años, ya era un escritor consumado. Si hubiera sido pianista, habría llegado el momento de mi primer concierto público. En mi caso, decidí que me encontraba dispuesto a publicar. Envié cuentos a las principales publicaciones literarias así como a las revistas nacionales que en aquellos días publicaban lo mejor de la llamada ficción "de calidad" -Story, The New Yorker, Harper's Bazaar, Mademoiselle, Harper's, Athlantic Monthly-, y en ellas aparecieron puntualmente mis relatos.

Más tarde, en 1948, publiqué una novela: Otras voces, otros ámbitos. Bien recibida por la crítica, fue un éxito de ventas y, asimismo, debido a una insólita fotografía del autor en la sobrecubierta, significó el inicio de cierta notoriedad que no ha disminuido a lo largo de todos estos años. En efecto, mucha gente atribuyó el éxito comercial de la novela a aquella fotografía. Otros la despacharon como un acierto casual: "Es sorprendente que alguien tan joven pueda escribir tan bien". ¿Sorprendente? ¡Sólo había estado escribiendo día tras día durante catorce años! No obstante, la novela fue un satisfactorio remate al primer ciclo de mi formación.
TRUMAN CAPOTE, Prefacio de Música para Camaleones, Barcelona, Anagrama, 2006, págs. 8-9.


¿Y quién dijo que la obra es lo único que ha de importar al artista? Sin haber leído todavía Otras Voces, otros Ambitos, y esperando lo mejor de ella, no dejo de ver que Truman Capote entendió muy precozmente que el éxito es necesario, y que si, además de escribir bien, creas tu propio personaje, un personaje que pueda ser la comidilla de tus lectores, ascenderás rápidamente por la escalera del éxito.

Y, en verdad, ¿qué hay de malo en ello?

jueves, 25 de diciembre de 2008

INTERPRETACION DE TRUMAN CAPOTE (IV)


...los escritos más interesantes que realicé en aquella época consistieron en sencillas observaciones cotidianas que anotaba en mi diario. Extensas transcripciones al pie de la letra de conversaciones que acertaba a oir con disimulo. Descripciones de algún vecino. Habladurías del barrio. Una suerte de reportaje, un estilo de "ver" y "oír" que más tarde ejercería verdadera influencia en mí, aunque entonces no fuera consciente de ello, porque todos mis escritos "serios", los textos que pulía y mecanografiaba escrupulosamente, eran más o menos novelescos.

TRUMAN CAPOTE, Prefacio de Música para Camaleones, Barcelona, Anagrama, 2006, pág. 8.

¿Es esta la línea evolutiva de la narrativa contemporánea? ¿Hemos agotado los antaño fértiles campos de la imaginación, y necesitamos nutrirnos directamente de la vida? ¿Es la realidad narrativamente más rica que la imaginación del hombre actual?

Como es evidente, no tengo respuestas. Pienso en obras como Archipiélago Gulag, Vida y Destino, Matar un Ruiseñor, A Sangre Fría y tantas otras, y se me ocurre que sí, que por ahora hemos agotado nuestro caudal imaginativo.

No es tan grave como podría parecer. Hay épocas en que creemos disponer de los materiales necesarios para la construcción de un hombre nuevo. Un nuevo hombre que parece venir exigido por los nuevos tiempos. Los escritores de esa época tenderán a materializar esa convicción en exploraciones imaginativas de las posibilidades de la personalidad humana. Hay un hombre en construcción en las obras de Balzac, de Dickens, de Galdós, de Tolstoi y de Dostoievski (incluso aunque este último parezca estar más bien "en destrucción", el genio lituano lo usa como antimodelo del nuevo hombre que el siglo XIX estaba frabricando). Un hombre que está tratando de sacudirse la mentalidad de la Europa anteliberal, y de edificar una nueva mentalidad: la mentalidad del hombre contemporáneo, del que nosotros somos epígonos.

En otras épocas, ésta entre ellas, los edificios construidos con afán y entusiasmo en épocas anteriores se agrietan ante nuestros ojos: la civilización europea comienza su lenta agonía en suelo del viejo continente y sufre dos colapsos en las dos guerras mundiales. Hoy día es un enfermo terminal cubierto de moscas y rodeado de parientes codiciosos. El nuevo hombre que el siglo XIX quería alumbrar es el ser desorientado, anómico y desesperado que retrata Vasili Grossman en Vida y Destino, el hedonista amargo que protagoniza los escritos de Truman Capote, el hombre aparentemente anestesiado que pintan Albert Camus o Dashiell Hammet, incluso el hombre fragmentado, reducido a hebras de personalidad, que acude constantemente a los relatos de Roberto Bolaño.

Y no nos gusta. No era eso lo que nuestros tatarabuelos querían. Ni lo que queremos nosotros. Nuestra imaginación, antaño fértil y promisoria, nos ha fallado. Y necesitamos, hoy más que nunca, conocernos, entendernos, si ello es posible, pero, sobre todo, compadecernos. Porque no nos perdonamos el pecado de haber construido un mundo antihumano, que amenaza con devorarnos en un torbellino de tecnología, consumismo y fisión nuclear. Porque somos incapaces de vivir a gusto con nuestra conciencia de estar desconectados, de haber perdido las riendas de la vida, el amor.

Así que el hombre de hoy, el que quiere conectarse con la vida a través de la literatura (y eso nos incluye sólo a unos pocos, ojalá que a mí entre ellos; la mayoría prefiere desconectarse de la vida, y eso explica el éxito de determinada literatura, sea cual sea su calidad) busca al escribir (y al leer) no productos de la imaginación (que tan espantosos resultados ha venido dando en el último par de siglos) sino retratos de la realidad, eso sí, retratos de una realidad que sean, como dice el propio Capote en el Prefacio que penosamente trato de comentar, no meramente verdaderos, sino realmente ciertos.

Dos notas finales: Primera: esto que he escrito no pretende tener un valor de verdad apodíctica, es más bien un escrito polémico; una hipótesis atrevida (en el sentido de digna de un ignorante) que lanzo como guante en busca de pelea.

Segunda: sobre Dostoievski y sus antimodelos. Son muchos los que coinciden en que el valor literario del genio ruso es menor que su fama. Sin embargo, lo que más impresiona en su obra quizá sea esa exploración implacable del lado oscuro del ser humano, hasta el extremo de convertirse en el profeta del horror. Dostoievski no imaginó, pero podría haber imaginado, el Gulag. No supuso, pero podía haber supuesto, la Shoah (y ya sé que no era precisamente un amigo de los judíos). Lo que sí hizo y muy bien es imaginar al hombre desestructurado que es el triste protagonista de la decadencia de la civilización europea. Y algunas obras, como Los Endemoniados, simplemente son un retrato fiel de nuestra actual situación.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

INTERPRETACION DE TRUMAN CAPOTE (III)


Así como algunos jóvenes practican el piano o el violín cuatro o cinco horas diarias, igual me ejercitaba yo con mis plumas y papeles. Sin embargo, nunca hablé con nadie de lo que escribía; si alguien me preguntaba lo que tramaba durante todas aquellas horas, yo le contestaba que hacía los deberes. En realidad, jamás hice los ejercicios del colegio. Mis tareas literarias me tenían enteramente ocupado: el aprendizaje en el altar de la técnica, de la destreza; las diabólicas complejidades de construir los párrafos, la puntuación, el empleo del diálogo. Por no mencionar el plan general de conjunto, el amplio y exigente arco que va del comienzo al medio y al fin. Hay que aprender tanto, y de tantas fuentes: no sólo de los libros, sino de la música, de la pintura y hasta de la simple observación de todos los días.
TRUMAN CAPOTE, Prefacio de Música para Camaleones, Barcelona, Anagrama, 2006, págs. 7-8.


Me siento incapaz de comentar este párrafo. Simplemente lo leo y lo releo con reverencia.

A propósito: ¡Feliz Navidad para todos!

lunes, 22 de diciembre de 2008

INTERPRETACION DE TRUMAN CAPOTE (II)


... Escribí relatos de aventuras, novelas de crímenes, comedias satíricas, cuentos que me habían referido antiguos esclavos y veteranos de la Guerra Civil. Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal. ¡Y entonces cayó el látigo!
TRUMAN CAPOTE, Prefacio de Música para Camaleones, Barcelona, Anagrama, 2006, pág. 7.

Es exacto: sutil, pero brutal. Personalmente, creo que no he rebasado la primera barrera. Al menos, no de un modo permanente y definitivo. La segunda, sospecho, ni siquiera la vislumbro. Tan sólo leyendo a grandísimos escritores como él consigo tener una vaga intuición de lo que es "arte verdadero".

No hace demasiado tiempo que escribir dejó de ser divertido para mí. Ahora me enfrento a la pantalla de mi portátil con, digamos, prevención, cautela, cierta desconfianza. Camino despacio, y dudo a cada paso. Cada poco, vuelvo la vista atrás, y miro desaprobadoramente lo andado. Cuando dejo mis textos a amigos, desconfío de todo comentario favorable. Prefiero, exijo casi, críticas, despiadadas a ser posible. Y siento una extraña felicidad cuando alguno de ellos me apunta un fallo, un defecto, y yo sé que es un defecto real.

El látigo no ha caído todavía. Sería presuntuoso por mi parte decir que ya lo oigo resonar. Prefiero decir que comienzo a saber cómo suena.

sábado, 20 de diciembre de 2008

INTERPRETACION DE TRUMAN CAPOTE (I)


...Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso era que sólo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar claqué y hacer dibujos. Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse.

TRUMAN CAPOTE, Prefacio de Música para Camaleones, Barcelona, Anagrama, 2006, pág. 7.
No puedo pasar del Prefacio que Capote escribió para este libro de relatos sin detenerme en cada uno de sus párrafos, porque se trata de una autobiografía artística. En el erudito prólogo de sus editores americanos a Plegarias Atendidas, éstos han intentado convencerme de que Capote edificó una imagen de sí mismo que difería en puntos importantes de la realidad. Especialmente, en relación con el proceso de escritura de aquel título, parece que Capote mintió, o bien que ocultó la verdad... probablemente que no había escrito tanto como decía, que estaba sufriendo un bloqueo y lo disimulaba.

Lo cierto es que, como el propio autor dirá en este mismo Prefacio que me dispongo a comentar, existe una importante diferencia entre lo que es verdadero y lo que es realmente cierto. Yo, al menos, no tengo dudas acerca de que cuanto el autor cuenta aquí, sea o no verdadero, es realmente cierto. Sé que lo es, porque lo parece. Y, en literatura, las cosas son lo que parecen.

Dos cosas me han impactado en el párrafo que transcribo hoy: la primera, que Capote se reconoce como un bicho raro desde la niñez: pertenece a ese género de personas que los demás conceptúan como holgazanes, porque no entienden que aquellas ponen sus cinco sentidos en unas pocas cosas que realmente les gustan, que les producen placer estético. El esteta, que los demás ven como un holgazán, alejado de la vida activa, es el artista, un ser no entregado meramente al deleite estético, sino que ha caído fascinado por el misterio de la producción estética, y necesita sumergirse en ella, poseerla, dominarla y, en un futuro, participar en ella. El artista, contrariamente a lo que se suele pensar, es un ser activo, uno de los más activos que existen, pues nunca descansa, incluso cuando lo parece.

La segunda cosa que me ha impactado está en la frase: "Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse".

Creo que hay poca gente que entienda cómo sufre un artista. Y no hay casi nadie que considere sus sufrimientos dignos de compasión. El artista sufre, no porque tenga un temperamento endeble, no porque sea un ser superficial al que poco importan las cosas serias de la vida, sino porque se ha entregado por entero a una disciplina severísima, que lo exige todo de él, implacablemente. Por eso, el verdadero artista es siempre consciente de su insuficiencia, de su incapacidad, porque ve adónde debería llegar y adónde llega, en realidad. Y sabe que tras el último esfuerzo por superarse le aguarda otro más y, tras éste, otro.

Pero lo que produce tan gran dolor al artista no es el esfuerzo constante al que se ve impelido, sino la consciencia de que nunca alcanzará su meta. La sensación de impotencia, de inalcanzabilidad del ideal de perfección estética que sin embargo anida en la mente, en la imaginación y en el deseo del artista, la clarividencia con que vislumbra su propia insignificancia, hacen del artista un ser torturado por el mismo don que a los demás nos colma de placer.

Ahí está todo, concentrado en un solo párrafo...

miércoles, 18 de junio de 2008

LA VERDAD NARRATIVA

"Quizá la fuente más profunda es la sensación de que la vida maravillosa está pasando, volando, escapándose inexorablemente, y el deseo de atraparla en pleno vuelo. Fue este sentimiento desesperado lo que me llevó, más o menos a los dieciséis años, a advertir un instante preciso, el cual me hizo descubrir que la existencia (humana, "divina") es memoria. Después, con el enriquecimiento de la personalidad, descubrimos sus límites, la pobreza y los grilletes de la identidad, descubrimos que sólo tenemos una vida, una individualidad circunscrita para siempre, pero que incluye muchos destinos posibles, y que [...] convive [...] con otras existencias humanas, con la tierra, con las criaturas, con todo. La escritura entonces se vuelve la búsqueda de una personalidad múltiple, una manera de vivir destinos diversos, de penetrar en los demás, de comunicarnos con ellos [...], de evadirnos de los límites habituales de la identidad [...]. (Sin duda hay otro tipo de escritores, individualistas, que sólo buscan su propia afirmación y son incapaces de ver el mundo excepto a través de sí mismos)".

VICTOR SERGE, Diarios [marzo de 1944]. Citado por Susan Sonntag en la introducción que hace de El Caso Tulayev (Alfaguara, 2007, XXVII) del mismo autor.

¿Qué clase de escritores dirías que sois vosotros? ¿De los que se enajenan escribiendo, o de los que se autoafirman?