miércoles, 8 de septiembre de 2010

ABANDONOS

Supongo que me he ganado a pulso mis abandonos. Imagino todos mis defectos. Luego imagino que quienes me conocen se hartan de soportarlos, y se van. Así son los abandonos. Y así los abandonados. Gente que tiene una opinión demasiado elevada de sí misma. Aún así, los abandonos son dolorosos. Todas las pérdidas lo son. Los abandonos, más. Y más todavía cuando se trata de buena gente, o bien de gente con talento. No hay mucha gente con talento. Conocerla es un privilegio. Más que eso: es un mérito. Uno se gana los conocidos que tiene, con tesón y con inteligencia. Y los pierde por estupidez o por descuido. Pocos son los inteligentes y tesoneros. Pero todos podemos ser estúpidos y descuidados, si se dan las circunstancias apropiadas. Entonces es sumamente sencillo sufrir un abandono. No hay abandonos inmerecidos. Tan sólo hay cobardes que se van sin haber intentado perdonar la estupidez o el descuido del abandonado. Perdonar. Quizá sea el verbo más difícil de poner en práctica de todos. Perdonar requiere muchas y grandes cualidades. Requiere bondad, y fortaleza. No es nada fácil perdonar. Y es especialmente difícil cuando se trata de la estupidez. No hay nada más difícil de perdonar que la estupidez. La estupidez es ese defecto en que sólo pueden incurrir las personas inteligentes. Por eso resulta imperdonable.

CALORES DE SEPTIEMBRE Y EL POLICIA CIEGO

Esto es para quienes no conocen Canarias: el verdadero verano comienza aquí en septiembre. Ataca el sol despiadado y uno busca el aire acondicionado con ansia digna de habitante de la Baja California o del Madrid agosteño.

Se hace difícil pensar, y no digamos ponerse con un ordenador a escribir debajo de un flexo. Se siente uno como pavo dentro del horno, pero no huele tan rico. Huele peor.

Hay un personaje bullendo dentro de mi cabeza. Quiere nacer, o terminar de nacer. Quiere salir de un proyecto de novela abandonada, y comenzar a dar sus propios pasos por el mundo... por el mundo de mi cabeza.

Se trata, cómo no, de un policía. Es, por supuesto, un policía existencialista, que se hace preguntas que la gente ha dejado de hacerse (¿de verdad la gente ha dejado de hacerse preguntas?). Preguntas tales como: ¿quiero vivir? ¿vivir así? ¿por qué la gente se muere? ¿es inevitable el mal? ¿cómo, cuándo y dónde se encuentra la verdad? ¿es que está de vacaciones? ¿permanentes? ¿Por qué hemos permitido que una panda de ladrones nos mande? ¿Hay solución? ¿Se vivirá mejor en una casita de campo con huerto y perro? ¿De qué?

Mi policía ya no está interesado en el crimen. Ni en los culpables. Ni en la justicia. Mi policía está interesado en por qué los políticos se disfrazan de romeros y hacen como que peregrinan, cuando en realidad el Audi A - 8 les está esperando a la vuelta de la curva, allí donde los fotógrafos de la prensa no llegan, y el helicóptero oficial espera a nuestro político canario mochilero por antonomasia (PR) en la cumbre de su recorrido para devolverle al palacio de los ciento cincuenta cuartos de baño de superlujo y escobillas de water de las de a 50 euros la pieza (porque hay culos y culos, ya se sabe...). Mi policía se pregunta por el engaño como fuente de poder (una pregunta muy vieja en estos tiempos tan nuevos). A mi policía le gustan las mujeres, pero ha vivido lo suficiente como para saber que, aunque sería deseable vivir con una, se puede vivir sin ellas. Mi policía sabe muchas cosas, pero tiene la rara sensación de no saber nada, en realidad. Conforme se hace mayor sus dudas aumentan, sus certidumbres periclitan, y se le forma una como catarata intelectual que le despista, le hace inseguro y débil en un mundo de hombres y mujeres fuertes, seguros, aunque desorientados, como él, sólo que no lo saben.

Ese es mi policía. Quizá pueda darle vida, hacerle hablar, y andar por las calles de mi ciudad, o de otra ciudad, o de un pueblo, uno cualquiera, o mejor no uno cualquiera, sino uno que tenga iglesia y famarcia y monte y ovejas y vacas y tractores y cuervos y águilas y un río. No puede haber pueblo sin río.

martes, 15 de junio de 2010

¡QUE NO, HOMBRE! ¡QUE NO!

Buscar no es encontrar. Ver no es creer. Descubrir no es comprender. Razonar no es tener razón. Amar no es saber. Saber no es amar. Disfrutar no es ser feliz. Ser feliz no es lo más importante.

domingo, 13 de junio de 2010

Ser feliz consiste en no dar demasiada importancia a las cosas que suceden. Las cosas suceden constantemente, y no tienen por costumbre preguntarle a uno si quiere que sucedan, que le sucedan a él, precisamente. Así que lo mejor será dejar que sucedan y no esperar que sucedan unas con preferencia a las demás.

Mientras tanto, os dejo un poco de la música de mi segunda banda favorita: Sparklehorse
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sábado, 8 de mayo de 2010

Virutas de jamón...

Me gusta el jamón. Demasiado. Casi siempre abuso de él. Y, cuando se acaba, quedan en el fondo del envase unas virutitas la mar de ricas. Entonces paso el dedo por encima y las virutas quedan adheridas a él como si fuera un imán (de los magnéticos, no de los de Allah...) Esas virutas suelen ser lo más sabroso del jamón, como la cabeza lo es del pescado y la rabadilla del pollo (pero a mí me gustan más las alitas del pollo asado).

No sé a qué viene esta reflexión tan profunda. Quizá tenga que ver con mi post inmediatamente anterior, que tanto éxito ha tenido de crítica y público. Hay algo de extraño en que ciertos resíduos sean tan apetecibles. Quizá sería bueno fijarse más en los residuos, no para eliminarlos, como preferiría el ecopuritanismo, sino para aprovecharlos. Cuando era niño, iba por la calle siempre mirando al suelo. Con instinto canino, olfateaba las aceras en busca de residuos interesantes. Siempre aparecía algo. Algunos de mis mejores y más queridos bolígrafos los he encontrado en la calle. Por no hablar de ciertos billetes de 100 pesetas que a veces aparecían desamparados ante mis ojos rapaces y mis manos prensiles, que por supuesto no perdían ocasión... De niño, llegué a tener una colección de chismes interesantes, hallados en las aceras: coches de juguete, monedas de a real, tan útiles para usarlas como tope para la cuerda del trompo, cromos de cosas que me gustaban... y hasta libros. No era, aunque lo pareciese, un conato de síndrome de Diógenes, sino más bien un sano interés por lo que los demás desprecian y arrojan a la calle, chismes valiosos para mí y sin valor para sus dueños.

De mayor, sospecho que mi afición a los residuos se ha ido refinando. Ya no miro por las aceras, pero me intereso por cosas que han pasado a formar parte del inmenso vertedero de nuestra cultura...

viernes, 2 de abril de 2010

La desintegración del hombre

Dostoievski no es facil de leer. Es casi demasiado intenso. No lo es, sino que casi lo es. Quien se quiera internar en las obras mayores del autor moscovita tiene que hacerse cargo de que cada una de ellas es una asfixiante inmersión en el torbellino moral y psicológico de sus personajes, torturados y torturadores a la vez, entre sí y de sí al lector. Al menos yo salgo de cada lectura de una obra este genio fatigado, exhausto, y consciente de que aún no le comprendo, de que todavía no he penetrado hasta el fondo en la complejidad de sus intrigas, de que no he sacado todo el jugo de su prosa lujuriosa y avasalladora.

Leer a Dostoievski resulta necesario a quien quiera realmente llegar a hacerse cargo de la desintegración del hombre, o quizá de un modelo antropológico que está en plena transformación, la cual sin duda el genio ruso conoció o como mínimo anticipó.

En las obras de Dostoievski el hombre se enfrenta a sus límites: a los de su cordura, a los de su valor y su temple, a los de sus convicciones, o a la conciencia de la falta de ellas. El drama personal no es el centro del relato, sino la excusa para hablar de otras cosas. ¿De qué cosas? De las cosas que sus torrencialmente locuaces personajes tratan en extenso, mientras sus vidas tortuosas circulan de desastre en desastre, pasando por fugaces momentos de dicha. Y estas cosas de que hablan los personajes de las obras de Dostoeivski son, básicamente: ¿qué es el hombre? ¿por qué, pero sobre todo para qué sufre? ¿cuál es la función del mal y del bien en nuestra vida? Los sentimientos, la felicidad o la desgracia, y los acontecimientos, en sí nimios, insignificantes, no son más que la vereda por la que discurre el eterno diálogo, el debate, la discusión o el monólogo de los personajes. Este discurso es el verdadero protagonista de las obras mayores de Dostoievski. Y por eso es agotador. Porque, cuando Rodion Raskolnikov monologa sobre Napoleón en Crimen y Castigo, o cuando Arcadio Makarovich conferencia con su padre natural Versilov en El Adolescente, o cuando Piotr Stepanovich habla y habla y habla sobre ideas avanzadas en Los Endemoniados, la densidad de su pensamiento-sentimiento se traslada íntegra al lector, que no puede abstraerse de los problemas planteados ni considerarlos como avatares de una vida ajena a la suya, sino que se siente directamente interpelado por el personaje respectivo, obligado a adoptar posición respecto de la cuestión discutida, y además obligado a adoptarla personalmente. Por eso, en las novelas de Dostoievski, el lector es un personaje más, sobre el cual el autor nada dice.