jueves, 8 de septiembre de 2011
Propuesta
martes, 6 de septiembre de 2011
ANTES, AHORA, DESPUES
No hay más determinaciones. Ni más excusas.
Quiero seguir, y voy a hacerlo. Sin embargo, nadie puede reprocharme que no lo haga, o que no lo haya hecho antes.
Todo es (inútil). Todo es. Yo también soy.
Hasta luego.
domingo, 19 de septiembre de 2010
UN AMOR COMO TANTOS OTROS
A mis ojos no era más que un chiquillo asustado. Ahí afuera, en ese mundo que él decía conocer tan bien, podía ser un gran tipo, un hombre de verdad. Pero una mujer sabe lo que eso significa.
Le conocí en una fiesta. Me llamó la atención enseguida. Era guapo, y callado. Parecía ser dueño de un secreto importante. ¡Cómo miraba, entonces!
Peleé por él. Y vencí. Mi victoria consistió en mi rendición. El sentía que debía protegerme. Pero yo no necesitaba eso. Tan sólo quería su amor.
Había un pasado. Siempre lo hay. Decidimos suprimirlo, vivir como si no existiera. Sé que no fue un error. Y aún así lo fue.
Era fuerte y débil, como un hombre. Eso era. Un hombre. Nada más. Bueno, algo más: era mi hombre.
Nos amamos, por un tiempo. Luego vinieron el egoísmo y la molicie, el aburrimiento y el desamor. Yo me alejé. Huí. El no tenía nada más y me esperó, por un tiempo. Luego dejó de hacerlo. Yo no se lo reproché.
Pasaron algunos años. No muchos, de todos modos. El estuvo viviendo con ésta, con aquella otra. Nunca duraban lo suficiente. Yo tampoco se lo reproché. Al fin y al cabo, era libre. Yo lo liberé de mi amor, y el quiso usar esa libertad. Yo también quise, pero no supe, o no pude.
Tiempo después volvimos a encontrarnos, en una fiesta. El seguía igual de callado, su mirada, igual de intensa. Una rubia imponente lo acompañaba. Hizo todo lo posible por mostrar a todo el mundo la correa con la que lo ataba. Yo me reí, porque lo sabía libre.
Esa noche nos amamos una vez más. Sin rencores. Sin esperanzas ni buenos propósitos. Nos amamos porque así lo quisimos, y luego nos dijimos adiós, hasta la vista. El no me esperaría, ni yo a él.
A partir de entonces fue más mío que nunca. Yo seguía su brillante carrera en los periódicos. Comenzó a ascender hasta convertirse en un astro, esplendente y magnífico. Todo me lo debía a mí. Yo jamás le pedí cuentas. El nunca quiso rendírmelas.
Vivió lo mejor de la vida en un corto período. El tiempo de la felicidad siempre es corto. Luego, el pasado se interpuso. Lo habíamos suprimido, él y yo juntos, por un tiempo. No para siempre.
Fue detenido. Lo perdió todo. No importa si fue justo. Probablemente no lo fue. El quería terminar con todo. Había ascendido mucho y esperaba ya el terrible momento de la caída. Cuando llegó, sintió alivio. Fuerte y débil, como un hombre.
Yo lo abandoné todo y le seguí. Entonces él me dio la libertad. Pude elegir. Elegí quedarme con él. El no lo comprendió. No me importó. Quizá debió importarme.
Intentó quitarse la vida en la cárcel. Hizo huelga de hambre. Se metió en todas las peleas. Participó en todos los chanchullos. Corrompió a quien hizo falta. Salió por la tele. Volvió a brillar, ahora con un brillo oscuro. Yo me mantuve a su lado. Al hacerlo, fui cambiando. Me hice vieja, y fea, y gorda. No me importaba. Tenía nuestro amor. El siguió lo mismo. Comenzó incluso a cuidarse. Cuando le visitaba, parecía diez años mayor que él. El me pasaba en cinco.
Salió libre. No quise saber más de lo imprescindible. No tan sólo el pasado, ahora también el presente debía ser suprimido. Todo lo que no fuera él, su silencio y su intenso mirar, carecía de significado para mí. Yo fui libre de amarle o no amarle. Elegí amarle.
Las rubias despampanantes tienen pocas virtudes reseñables. Salvo una: siempre hay alguna disponible. El encontró la suya, pronto. A mí no me importó. Cuando se ama, no se tiene en cuenta ciertas pequeñeces. A él, sí. Primero fue el arrepentimiento por su inconstancia. Amargas lágrimas, que yo no necesitaba. Quiso primero, exigió después mi perdón. Yo no se lo otorgué. Ya dije que no me importaba.
Luego llegó la hora de la altanería. No entendió que no estuviese enojada, ni dolida. No pudo soportar mi compasión. Quiso ser conmigo lo que nunca había sido. Ningún hombre lo consigue del todo. El, menos que ningún otro.
A la rubia despampanante siguió otra, y luego otra, y otra. Me resultaba curiosa esta fijación suya con las rubias. Un día, apareció una mujer de pelo castaño. Mi curiosidad cambió de matiz.
Mi casa. Mis flores. Mis amigos. Y él. Eso era todo mi mundo. De todo aquello, él era siempre la novedad. Un nuevo negocio. Un nuevo cargo. Una amante nueva. El traía el frescor y la aventura a mi monotonía. Yo le amaba por eso. También, porque seguía siendo tan guapo, y tan callado, y su mirada tan intensa.
La mujer de pelo castaño no era como las anteriores. No era rubia. Ni despampanante. Ni tan joven. Su mirada era inteligente. Decidida. Su vida no era puramente sexual. Leía. Sabía cosas. Sobre todo, quería cosas. Tenía objetivos. Metas. No le había conquistado para nada. Le daría lo que ninguna antes le había dado. A cambio, obtendría de él lo que ninguna antes había tenido.
El divorcio fue rápido. Indoloro. Yo sólo quería la casa. No necesitaba dinero. Me defendí siempre bien en ese aspecto. El esperó de nuevo el reproche. Yo no tenía nada que reprocharle. Siempre le amé tal y como era. Nunca me había engañado sobre ese particular.
No quedé sola. Siempre tuve mi propia vida. Mi casa. Mis flores. Mis amigos. Tan sólo él faltaba. Con él, el frescor, la novedad, la aventura. Esas emociones, tan queridas, desaparecieron de mi alma para siempre.
F I N
viernes, 10 de septiembre de 2010
EL FIN DE LA BELLEZA
¿O tal vez debamos luchar?
miércoles, 8 de septiembre de 2010
ABANDONOS
CALORES DE SEPTIEMBRE Y EL POLICIA CIEGO
Se hace difícil pensar, y no digamos ponerse con un ordenador a escribir debajo de un flexo. Se siente uno como pavo dentro del horno, pero no huele tan rico. Huele peor.
Hay un personaje bullendo dentro de mi cabeza. Quiere nacer, o terminar de nacer. Quiere salir de un proyecto de novela abandonada, y comenzar a dar sus propios pasos por el mundo... por el mundo de mi cabeza.
Se trata, cómo no, de un policía. Es, por supuesto, un policía existencialista, que se hace preguntas que la gente ha dejado de hacerse (¿de verdad la gente ha dejado de hacerse preguntas?). Preguntas tales como: ¿quiero vivir? ¿vivir así? ¿por qué la gente se muere? ¿es inevitable el mal? ¿cómo, cuándo y dónde se encuentra la verdad? ¿es que está de vacaciones? ¿permanentes? ¿Por qué hemos permitido que una panda de ladrones nos mande? ¿Hay solución? ¿Se vivirá mejor en una casita de campo con huerto y perro? ¿De qué?
Mi policía ya no está interesado en el crimen. Ni en los culpables. Ni en la justicia. Mi policía está interesado en por qué los políticos se disfrazan de romeros y hacen como que peregrinan, cuando en realidad el Audi A - 8 les está esperando a la vuelta de la curva, allí donde los fotógrafos de la prensa no llegan, y el helicóptero oficial espera a nuestro político canario mochilero por antonomasia (PR) en la cumbre de su recorrido para devolverle al palacio de los ciento cincuenta cuartos de baño de superlujo y escobillas de water de las de a 50 euros la pieza (porque hay culos y culos, ya se sabe...). Mi policía se pregunta por el engaño como fuente de poder (una pregunta muy vieja en estos tiempos tan nuevos). A mi policía le gustan las mujeres, pero ha vivido lo suficiente como para saber que, aunque sería deseable vivir con una, se puede vivir sin ellas. Mi policía sabe muchas cosas, pero tiene la rara sensación de no saber nada, en realidad. Conforme se hace mayor sus dudas aumentan, sus certidumbres periclitan, y se le forma una como catarata intelectual que le despista, le hace inseguro y débil en un mundo de hombres y mujeres fuertes, seguros, aunque desorientados, como él, sólo que no lo saben.
Ese es mi policía. Quizá pueda darle vida, hacerle hablar, y andar por las calles de mi ciudad, o de otra ciudad, o de un pueblo, uno cualquiera, o mejor no uno cualquiera, sino uno que tenga iglesia y famarcia y monte y ovejas y vacas y tractores y cuervos y águilas y un río. No puede haber pueblo sin río.
martes, 15 de junio de 2010
¡QUE NO, HOMBRE! ¡QUE NO!
lunes, 14 de junio de 2010
domingo, 13 de junio de 2010
Mientras tanto, os dejo un poco de la música de mi segunda banda favorita: Sparklehorse.
sábado, 8 de mayo de 2010
Virutas de jamón...
No sé a qué viene esta reflexión tan profunda. Quizá tenga que ver con mi post inmediatamente anterior, que tanto éxito ha tenido de crítica y público. Hay algo de extraño en que ciertos resíduos sean tan apetecibles. Quizá sería bueno fijarse más en los residuos, no para eliminarlos, como preferiría el ecopuritanismo, sino para aprovecharlos. Cuando era niño, iba por la calle siempre mirando al suelo. Con instinto canino, olfateaba las aceras en busca de residuos interesantes. Siempre aparecía algo. Algunos de mis mejores y más queridos bolígrafos los he encontrado en la calle. Por no hablar de ciertos billetes de 100 pesetas que a veces aparecían desamparados ante mis ojos rapaces y mis manos prensiles, que por supuesto no perdían ocasión... De niño, llegué a tener una colección de chismes interesantes, hallados en las aceras: coches de juguete, monedas de a real, tan útiles para usarlas como tope para la cuerda del trompo, cromos de cosas que me gustaban... y hasta libros. No era, aunque lo pareciese, un conato de síndrome de Diógenes, sino más bien un sano interés por lo que los demás desprecian y arrojan a la calle, chismes valiosos para mí y sin valor para sus dueños.
De mayor, sospecho que mi afición a los residuos se ha ido refinando. Ya no miro por las aceras, pero me intereso por cosas que han pasado a formar parte del inmenso vertedero de nuestra cultura...
viernes, 2 de abril de 2010
La desintegración del hombre
Dostoievski no es facil de leer. Es casi demasiado intenso. No lo es, sino que casi lo es. Quien se quiera internar en las obras mayores del autor moscovita tiene que hacerse cargo de que cada una de ellas es una asfixiante inmersión en el torbellino moral y psicológico de sus personajes, torturados y torturadores a la vez, entre sí y de sí al lector. Al menos yo salgo de cada lectura de una obra este genio fatigado, exhausto, y consciente de que aún no le comprendo, de que todavía no he penetrado hasta el fondo en la complejidad de sus intrigas, de que no he sacado todo el jugo de su prosa lujuriosa y avasalladora.
Leer a Dostoievski resulta necesario a quien quiera realmente llegar a hacerse cargo de la desintegración del hombre, o quizá de un modelo antropológico que está en plena transformación, la cual sin duda el genio ruso conoció o como mínimo anticipó.
En las obras de Dostoievski el hombre se enfrenta a sus límites: a los de su cordura, a los de su valor y su temple, a los de sus convicciones, o a la conciencia de la falta de ellas. El drama personal no es el centro del relato, sino la excusa para hablar de otras cosas. ¿De qué cosas? De las cosas que sus torrencialmente locuaces personajes tratan en extenso, mientras sus vidas tortuosas circulan de desastre en desastre, pasando por fugaces momentos de dicha. Y estas cosas de que hablan los personajes de las obras de Dostoeivski son, básicamente: ¿qué es el hombre? ¿por qué, pero sobre todo para qué sufre? ¿cuál es la función del mal y del bien en nuestra vida? Los sentimientos, la felicidad o la desgracia, y los acontecimientos, en sí nimios, insignificantes, no son más que la vereda por la que discurre el eterno diálogo, el debate, la discusión o el monólogo de los personajes. Este discurso es el verdadero protagonista de las obras mayores de Dostoievski. Y por eso es agotador. Porque, cuando Rodion Raskolnikov monologa sobre Napoleón en Crimen y Castigo, o cuando Arcadio Makarovich conferencia con su padre natural Versilov en El Adolescente, o cuando Piotr Stepanovich habla y habla y habla sobre ideas avanzadas en Los Endemoniados, la densidad de su pensamiento-sentimiento se traslada íntegra al lector, que no puede abstraerse de los problemas planteados ni considerarlos como avatares de una vida ajena a la suya, sino que se siente directamente interpelado por el personaje respectivo, obligado a adoptar posición respecto de la cuestión discutida, y además obligado a adoptarla personalmente. Por eso, en las novelas de Dostoievski, el lector es un personaje más, sobre el cual el autor nada dice.
lunes, 4 de enero de 2010
No escribir
No escribir es más difícil que escribir. Para lo último basta sentarse en una silla ante una mesa, con un ordenador, un cuaderno o un folio delante, y empezar. Lo primero hay que decidirlo, tras haberlo sopesado, o al menos tras haberse escuchado y saber que, ese día, en ese momento, sería mejor no escribir.
Yo tengo horas, y días, e incluso semanas, meses y temporadas en los que siento esa vocecita que me dice: "Déjalo". Quizá es la voz de mi baja autoestima, pero me gusta pensar que dentro de mi cabeza hay algo más, una especie de sabio instinto que me avisa, como los animales olfatean el peligro.
Escribir es siempre peligroso. Uno tiende a poner en el texto más de lo que querría, más de lo conveniente. Hay ocasiones en que escribir es, no ya peligroso, sino claramente nocivo. Es cuando tras el acto queda un texto que nunca te habrías dignado leer. La capacidad para reconocer que estás a punto de escribir una boñiga es el ochenta y cinco por ciento del talento de un escritor. Yo creo poseer no más de un veinticinco por ciento de ese talento.
Hay amigos que se atreven a aconsejarle a uno cosas que les parecen oportunas o necesarias. Un consejo que ya me han dado unas cuantas veces es ese que dice que sin viajar no se puede ser un buen escritor. Quienes me aconsejan de este modo usan como argumentos fuertes la afición viajera de tantos escritores. Yo siempre pienso que dicha afición no tiene nada que ver con el talento literario. Al fin y al cabo, ¿cuánta gente viaja? Y, ¿acaso son todos escritores, y no digamos de talento?
Lo que yo pienso es que para escribir bien sólo hay que hacer una cosa: escribir. Pero no siempre, no en esos días, o semanas, o meses en los que sabes que lo único que puede salir de tu pluma es un texto que nunca te dignarías leer.
Y estoy hablando sólo de escribir bien. Para escribir genialmente has de ser un genio. Pero esa es otra historia...
sábado, 19 de diciembre de 2009
TODO MARLOWE
Como decía al principio, no sé con precisión cuándo empezaron a cocinar los detectives, ni cuándo decidieron apuntarse al cuerpo de policía con todas las consecuencias (el Méndez de González Ledesma es una excepción, un policía atípico en todos los sentidos, tan extremadamente distinto del resto como los policías corruptos de Ellroy), pero percibo en todo ello una decadencia del hombre duro que lamento. Tal vez se debe a que ya no hay sitio para el individuo y que el mecanismo de la ley hace imposible que un tipo solo y solitario tenga la menor influencia sobre ninguna zona, por pequeña que sea, de la realidad.
Me encuentro con este párrafo al final del artículo que Horacio Vázquez Rial dedica a la última recopilación publicada por RBA de las novelas de Raymond Chandler. Una opinión pesimista, influida sin duda por la tonalidad gris-marrón de la vida que vivimos, tanto en lo público como en lo privado (vida política lamentable, vida económica catastrófica, vida personal convertida en uso-consumo de mercancías y personas), en la que parece imposible, o por lo menos muy poco probable, encontrarse con hombres y mujeres "de verdad" (y no me estoy refiriendo a los hombres y mujeres "virtuales" que nos asomamos a internet, pero en esto hay mucho de aquello también).
¿Será la novela negra clásica americana una elegía al "hombre", al "héroe" con el que el siglo XX parece haber acabado para siempre (y mientras escribo esto me vienen a la mente los protagonistas de "Banderas de Nuestros Padres", de Clint Eastwood)?
martes, 15 de diciembre de 2009
Salvo Montalbano: un Ulises de andar por Sicilia
A Salvo Montalbano, el detective, personaje de las novelas de Andrea Camilleri (ya me da miedo decir que es famoso: siempre descubro que el personal ni se cosca de qué hablo a veces) le tengo más visto que leído. Y es que la RAI lleva años filmando las historias de este Ulises siciliano. De modo que, cuando pienso en él, ya no puedo evitar asociarlo con la maciza figura y la cabeza rapada, un tanto musoliniana (pero sólo me refiero al aspecto de la testa) de Luca Zingaretti, el gran actor italiano que da vida ante las cámaras al personaje novelesco. He leído algunos relatos de Camilleri, porque es una vergüenza no probar la letra si te gustó la música. Hay ingenio, intensidad, conocimiento del medio (jajaja, ¡dios mío! ¡la LOE hace estragos incluso en mí!) y algo que me parece importante, porque está en la ética (real) del italiano, y sospecho que también del hispano: un sentimiento de fatalidad, de inevitabilidad del destino, que hace que este hombre duro, honesto, profundamente desconfiado ante sus superiores y todo cuanto huela siquiera vagamente a política, marxista arrepentido o quizá enfriado, y que a menudo se las arregla para usar la ley, los políticos, los mafiosos, y todo cuanto tiene a mano para, si la justicia oficial no es posible, por lo menos lograr una justicia divina o poética, o la justicia del hombre bueno, a quien no le importa que el mundo se alíe en su contra, porque él hará que lo que ha de ser, sea.... digo, que hace que este Ulises siciliano, postmoderno, de testa pelada al cero, zapatos de diseño, vestido de Adolfo Dominguez (o algo así, que yo de trapitos no entiendo...), pero que en el fondo de su ser es un hijo de campesino, un hombre del pueblo, un amante de la riquísima cocina popular italiana, un hijo de la Italia que se desmorona política y moralmente mientras vive del milagro, de su industria norteña y de su historia maravillosa, fascinante, enloquecedora y admirable, de su atracción perenne, de su encanto irresistible... ¡¡digo, y nunca acabo de decirlo!! que este hombre, que podría ser un triunfador si fuera menos honesto y más egoista, y que es un triunfador de todos modos porque tiene el ingenio de Ulises, y también su desgracia: la desgracia de amar un mundo donde no está su amada (que vive en Génova)... digo, que este hombre que lo tiene todo para ser lo que quiera, ha decidido enfrentarse con eso que sabemos que es el fatum, siendo consciente de que éste siempre vencerá sobre el hombre.
En las historias de Montalbano, la estructura profunda del país siciliano se muestra en mujeres severas y al mismo tiempo sensualmente vestidas, como clones de Silvana Mangano o, mejor aún, en el caso de algunas, de Sofía Loren, de comendatores ridículos pero peligrosos, de mafiosos de la vieja escuela, tigres sin colmillos que desean conocer a Montalbano, porque ven en él al equivalente en la policía de lo que en ellos sería un uomo di respeto, de simpáticos viejecillos y de ancianas a las que se diría que Montalbano podría haber amado, de tener su edad. Pero, sobre todo, se muestra en la forma de crímenes, y más crímenes. Crímenes pasionales, un tanto al estilo de las Crónicas Italianas de Stendhal, muy a menudo marcados por el trágico final del suicidio del culpable (lo cual es digno de realce: en las culturas primitivas, en las que la organización política no se había desarrollado hasta el punto de poder contar con una fuerza de orden estable y unas instituciones judiciales profesionales, el derecho penal incluía la figura del autocastigo como forma de expiación y redención del culpable). Y, siempre, los jefes superiores y los políticos, retratados como odres hinchados, monstruos de hipocresía y deshonestidad, envidiosos e incompetentes, viciosos, vinculados (los políticos) a la mafia.
Montalbano es la encarnación del hombre de acción que decía que era Spade en el cuerpo/alma de un italiano que vive en el caos mediterráneo. Es más culto que Spade. También es un hombre mejor que Spade. Es un buen hombre, o al menos quiere serlo. Necesita serlo, porque cuando un país está más próximo al caos que al orden, los hombres buenos se hacen imprescindibles, mientras que en el caso contrario, puedes permitirte el lujo de no serlo. Nada importante depende de ello.
Y, más o menos, eso es Montalbano para mí: un hombre bueno que intenta seguir a flote y hacer lo que debe en medio de la vorágine.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Un hombre llamado Sam Spade
Sam Spade es Estados Unidos. Quizá el mejor Estados Unidos que ha habido jamás. Yo creo que Estados Unidos llegó a su apogeo en el primer tercio del siglo XX, cuando la gran emigración europea estaba aún fresca, los nuevos territorios eran aún casi nuevos, y el país entero estaba en construcción. Creo que el ideal de la nueva Atenas, la repristinación de la civilización europea, sin sus vicios, que estuvo en el origen de la unión de las trece colonias, y que fue manifestándose de múltiples maneras a medida que la primitiva Unión crecía territorialmente, si hubo algún momento en que fue posible realizarlo, ese momento fue, precisamente, el primer tercio del siglo XX. Fue la inmensa potencia de un país riquísimo, fundado sobre bases no nuevas, pero sí renovadas y depuradas, lo que hizo posible que Estados Unidos pasara de un aislacionismo voluntario, y por otro lado necesario (sus gentes estaban absortas en el proceso de su constitución como nación) a la hegemonía mundial que todavía ostenta. Sin embargo, las guerras mundiales, la Primera, pero sobre todo la Segunda, lo cambiaron todo. El ideal primitivo dejó de ser posible en el momento mismo en que Roosevelt anunció el New Deal. O quizá en el momento en que Wilson anunció su doctrina sobre la guerra que pondría fin a todas las guerras. Algo cambió en el momento en que Estados Unidos abandonó su existencia tranquila y solitaria y se lanzó de cabeza al torbellino de la política internacional.
Sam Spade es un hombre que está viviendo el New Deal. Aún es un hombre inocente. No se dejen engañar por su cinismo y por la falicidad con la que se envuelve en historias sórdidas. Sam Spade es un idealista. Aún cree en esa cosa tan ingenua de que, combinando inteligencia, serenidad, ingenio, experiencia, y disposición a la acción, todo lo mejor es posible.
Sam Spade es detective. Se gana la vida "resolviendo problemas". ¿Hay algo más ingenuo? Cree en ello con tal vocación que, a menudo, se deja envolver en los líos que le han encargado aclarar. Es un hombre consciente de su debilidad, pero también de su fuerza. Por eso confía en sí mismo. ¿No hay pureza en esto?
Sam Spade es un hombre puro. Es un puro hombre de acción. Un hombre de acción no es el que irreflexivamente alza los puños ante cualquier amenaza, sino quien, ante ella, se pone a trabajar con todas las potencias de su ser aguzadas hasta el punto de ruptura. ¿Y no ha sido eso Estados Unidos durante este período de hegemonía, para muchos interminable?
Sam Spade no se cree bueno. De hecho, no lo es. Lo sabe, y no lo disimula. Quiere las mismas cosas que los demás. No está dominado por ningún impulso noble: no anhela el conocimiento, ni añora el bien, no se enfada porque el mundo esté dominado por la injusticia y la crueldad. Simplemente, lo acepta tal y como es, y juega con las cartas que le han tocado. Es capaz de matar, si es necesario. Pero no lo desea. Simplemente está dispuesto a todo.
¿Puede amar? Desde luego. Pero no se hace ilusiones respecto al amor. Conoce a las mujeres. Sabe de qué pasta están hechas. Y sabe que amar no es siempre lo mejor. He dicho que Spade es un ingenuo, no que sea un romántico.
Si yo quisiera escribir una novela negra, no podría elegir a un trasunto de Sam Spade como protagonista. Es demasiado americano para ser creíble como detective en España.
Me estoy acordando ahora de que lo más parecido que he visto a Sam Spade en el cine español es a Alfredo Landa en "el Crack". La escena inicial de la película, en la que ese pequeñajo con bigote que se está comiendo una cena en un restaurante de carretera que perfectamente podría ser la escena de una "road movie" reduce a dos atracadores (uno de ellos Cervino, el otro no recuerdo ahora qué actor era) casi sin despeinarse, con una combinación de ingenio y fuerza absolutamente insuperable, podría haberla protagonizado perfectamente un Bogart dirigido por John Huston.
Pero ¿alguien por aquí ha visto o por lo menos sabe lo que es "El Crack"?
QUIEN ES JULES MAIGRET
No se trata aquí de dar los datos de la biografía novelada del célebre inspector. Eso ya lo hace Wikipedia...
Pero sí se trata de decir quién es Maigret para mí. Y aquí es donde debo detenerme.
Maigret es un hombre sin pasiones. Mejor dicho: es un hombre con pasiones minúsculas: el tabaco de pipa, los cortos de vino de la tierra, y los guisos de su mujer. Por minúsculas que sean, son pasiones capaces de nublarle a uno el juicio y la vista. Pero también son pasiones que dejan su alma en franquía para dedicarse a su pasión principal.
Porque Maigret no es un policía. Sí, ya lo sé: es comisario de la Policía Judicial con sede en el Quai des Orfebres de París. Es un comisario importante y famoso. Ha salido muchas veces en los periódicos. La gente por la calle y sus colegas, la mayoría, lo miran con respeto. Ha hecho muchas detenciones importantes en casos muy difíciles. Y, sin embargo, Maigret no es un policía. No es que no sea un policía en primer lugar. Es que no lo es en absoluto. Hasta tal punto no lo es que, en ocasiones, le importa mucho menos averiguar quién es el culpable que llegar a comprender cabalmente las vidas de los sospechosos a quienes investiga.
Maigret es un espectador: es alguien que ama ante todo situarse al margen de la vida que sucede, pero sin perderla ni un minuto de vista. Es un antropólogo y un psicólogo. Se parece al novelista en que desea comprender la naturaleza humana, aunque no se ha propuesto nunca escribir sobre ella. Y quiere comprenderla por compasión, es decir: com - pasión: porque quiere sentir lo mismo que su prójimo. Maigret ama a su prójimo, y en este sentido es profundamente cristiano. Las novelas de Maigret nos enseñan algo que la literatura no suele enseñarnos: que las vidas de los más humildes tienen el mismo valor que las de los más grandes. Y la demostración de este teorema se produce al mostrarnos el enorme poder sugestivo de las tragedias de los pequeños.
Leí por primera vez las novelas de Maigret con dieciséis años. Me queda de entonces un regusto a novela policíaca con tintes sociales. Ahora he reemprendido una lectura extensiva de este monumento literario, y tengo una muy otra impresión: a pesar de que, por la época en que están ambientadas (entre principios y mediados del siglo XX) a veces resultan un tanto anacrónicas, las novelas de Maigret constituyen un soberbio tratado sobre la naturaleza humana. En este sentido, para mí, Maigret es un maestro del que lo aprendo todo una y otra vez. Y Simenon, su creador, es un pequeño dios.
viernes, 11 de diciembre de 2009
¿POR QUE ESCRIBIR OOOOTRA NOVELA NEGRA?
¿No hay ya demasiadas en el mercado? Incluso, diría, tengo demasiadas en casa. No he probado aún todos los palos, sin embargo: Simenon, Hammet, García Pavón, Isaac Montero, Vázquez Montalbán, Qiu Xialong, Mankell... de ellos he leído historias en las que el crimen es la excusa, y lo sustantivo, la amalgama de pasiones, prejuicios, y destino inexorable. Quedan en mis anaqueles aún varios volumenes dedicados a Maigret y un "todo Marlowe" que acabo de adquirir. Y tengo pendiente iniciar una exploración como es debido por los grandes nombres femeninos de la novela negra: Mary Higgins Clark, P.D. James, Batya Gur, Anne Perry, Sue Grafton...
El día que empecé a creerme que podía juntar letras y que su resultado podía ser interesante para los demás, inicié la composición de una novela "policíaca". Si lo pienso despacio, era "policíaca", no "negra". No pretendía retratar los "bajos fondos" de los que el crimen emerge como un exudado natural, sino el nacimiento del crimen en el seno mismo de la "sociedad normal". También, la íntima conexión existente entre política y crimen.
El resultado fue un texto ingenuo, antiliterario, hiperexplicativo y en el que mis demonios personales no eran objeto de un tratamiento adecuado. A punto de terminar de escribirlo, lo dejé "por un tiempo". Meses después, durante una de mis recurrentes crisis de escritor, di en la idea de destruirlo. Tiré a la basura el texto impreso, y poco faltó para que me deshiciera de los archvos de word. Una -por entonces- buena amiga me disuadió justo en el último minuto.
No salvaría nada de aquel texto. Nada, excepto una cosa, quizá la única que merece ser salvada: un personaje, el único de todos los que ideé para aquel texto que, más de dos años después de haberlo abandonado por infumable, exige de mí que haga algo con él. E, inevitablemente, se trata de un policía...
Pero, ¿qué tienen los policías, que resultan tan atractivos para ciertos escritores?
lunes, 3 de agosto de 2009
POR QUE NO ME DA LA SANTA REAL GANA DE ESCRIBIR
martes, 28 de julio de 2009
MUSICA DE PALABRAS
- ¡Te voy a matar de un tiro! -gritó Will.- Calla, calla - dijo su madre.El padre levantó la mano y dijo:- Escuchad.Entonces su casa se vio arrastrada al mismo corazón de la tormenta.Josie quedó quieta como un animal y pensó aterrada en el futuro..., el día claro en que correría por el campo llevando los tallos de vara de oro cogidos apresuradamente y las cálidas flores arrancadas como obsequio para alguien. El futuro era ella misma llevando regalos, la temporada de los regalos. ¿Cuándo llegaría el día en que el viento amainaría y se sentarían en silencio en el borde de la fuente, una vez acabados los juegos, y los niños cascarían las nueces con el tacón de sus zapatos? Si pudieran recuperar el tiempo, ella no perdería nada de lo que le fuera dado y guardaría las nueces como una ardilla.Por primera vez en su vida pensó: ¿Puede que no se repitan las mismas maravillas? ¿Era cada maravilla única y original como una estrella fugaz y cuando caía se enterraba fuera donde se la buscaba? ¿Debería albergar la esperanza de ver nevar dos veces, y a la profesora correr de nuevo a abrir la ventana, extender su capa negra para cogerla al caer y luego ir de arriba abajo por el aula a toda prisa para enseñarles los copos?
Josie no se habría regocijado más si en lugar de sonidos hubieran salido flores de la corneta. Estaba embargada de placer. Los sonidos que tan trémulamente brotaban con el esfuerzo de los labios le resultaban dulces y agradables. Entre ella y la corneta alzada no había ninguna barrera; sólo el aire rancio y expectante del viejo refugio de la tienda. La cornetista era hermosa. Allí estaba, el resplandor flamígero que de algún modo era irreal, venida de muy lejos, y parecía que la antigüedad del mundo la envolviera. Vestía toda de blanco, matizado de azul, como una reina, y permanecía erguida, mirando hacia arriba, como el mascarón de proa de un barco vikingo. Mientras la canción continuaba, Josie advirtió la lenta aparición de una fina vena en su mejilla. Cuando la cornetista alcanzó la nota alta, sus párpados cerrados parecieron vibrar y al mismo tiempo permanecer inmóviles, como las alas de un colibrí. Respiraba de forma asombrosa, y cada vez que tomaba aire se levantaba en su pecho un pequeño medallón. Josie escuchaba con creciente atención, cada vez más intrigada, como si la interpretación la llevara en una dirección; como si le estuviera enseñando un destino. No muy lejos de allí, con cara de exaltación, estaba Cornella, también escuchando, pero se encontraba sola. Alertada por algo, Josie se volvió y buscó con la mirada a sus padres, pero estaban al fondo, entre la gente; ellos no la vieron. No estaban escuchando. La habían dejado libre, y al volverse otra vez hacia la cornetista, que estaba paralizada bajo su instrumento, se inclinó despacio hacia delante y cerró las manos sobre las rodillas*.
Un segundo. Esto es lo que da de si un segundo en manos de una maga de las palabras, de una compositora de música de palabras.
sábado, 25 de julio de 2009
VIAJE CON VENUS
¡Era tan cálida, suave, entre sus brazos! Sintió su cabeza en el hombro, el pelo se vertió en su brazo y lo calentó. Bajó emocionado la cabeza para mirarla, vio los ojos que reflejaban las estrellas. Ese mar del cielo, que se hundía allí dentro, lo mareó. Perdido, se inclinó a beber. Y le pareció como si una flor con pétalos de carne, aterciopelados, le sorbiera los labios como en un sueño.
Angelos TERZAKIS, Viaje con Venus, Rey Lear, 2008, pág. 168.